Friday, March 19, 2004

Rocky´s Filj: Una joya postergada de la progresiva italiana

Rocky´s Filj es el secreto mejor guardado de la progresiva italiana. Cuando su único disco –Storie di Uomini e Non- vio la luz allá por 1973, nadie pareció darse por enterado. Tres décadas después, la reedición tardía en CD tiende a correr la misma suerte. Flagrante injusticia, a juzgar por lo que aquí se escucha. Pero la banda está acostumbrada.
Fiat Iustitia ne pereat mundus reza el irónico lema de la cubierta. Y a la ubicua dama de la balanza está dedicado el disco, a raíz del desafortunado encuentro de uno de sus miembros con la ley italiana y de la condena desproporcionada que tuvo que cumplir.
La progresiva del continente europeo, a diferencia de sus pares sinfónicos británicos, fue política. Y en ningún lugar las ideologías estuvieron más radicalizadas que en el país mediterráneo. Italia fue un volcán en ebullición a partir del Otoño Caliente del ´69, cuando los obreros jaquearon al gobierno democristiano con una serie de huelgas con epicentro en Turín que se extendieron por toda la península y que, por un breve instante, parecieron cumplir el sueño siempre diferido de una alianza proletario-estudiantil. Ebullición que alcanzaría un punto sin retorno en los tristemente célebres años de plomo y en el sonado secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas.
Como sea, ese paisaje estaba tan alejado de las payasadas de Berlusconi y su absurda participación en Irak que parecía otro país. Y lo era. Uno en donde se leían revistas marxistas como los Quaderni Rossi y Classe Operaia. Donde Gofredo Foffi publicaba un libro dedicado a destruir a intocables como Visconti, Bertolucci, Antonioni y cía. Donde se discutían las ideas de Raniero Panzeri, de Mario Tronti y de Toni Negri en su versión “impresentable”, antes de que fuera la niña mimada de intelectuales ociosos que juegan a la revolución mundial desde confortables escritorios en algún departamento de sociología. Donde Alberto Arbasino aportaba las dosis de cinismo y de lucidez que la época demandaba en partes iguales. Donde Darío Fo reinventaba el teatro y Umberto Eco se inventaba a sí mismo. Donde grupúsculos de la izquierda extraparlamentaria como Lotta Continua y Potere Operaio dominaban la escena.
Lejos de mí idealizar esos tiempos. No fueron maravillosos. La confusión reinaba soberana y el irracionalismo de los sixties dejaba su marca indeleble. Pero ciertos vientos amenazantes soplaban en los sillones de los ejecutivos y en los despachos de políticos corruptos. Nada con lo que no pudiesen lidiar en última instancia, como demostraría la historia. Pero al menos el consenso y la obediencia debida no estaban en el orden del día. Y las iniciativas espontáneas y desbocadas contagiaban todos los ámbitos culturales.
También al rock, que por entonces se empeñó en una campaña furiosa a favor del ingreso gratuito a los recitales. Y que organizó los festivales más extremos y caóticos de los que el mundo guarde memoria, tan distintos del marketing de la paz y el amor envasado por Woodstock un par de años antes.
De ese haz de circunstancias surgió este álbum. Que ranquea muy alto -digamos que en un top five- en mi lista de grandes discos de la progresiva italiana. Lo cual me obliga a dar las razones.
La esencial es invisible a los ojos pero se rastrea en las letras. De un escepticismo post ´68 que tardó bastante más en alcanzar a otras bandas como Area o Stormy Six. “L`ultima spiaggia” refiere al famoso lema del Mayo francés (“bajo el pavimento, la playa”) y llega a la conclusión opuesta. No existe otra playa, sólo la huída ilusoria a esos discutibles territorios -el individualismo lisérgico disfrazado bajo una supuesta actitud comunitaria, las religiones orientales- en la que pudo descollar cierta psicodelia y a la que tampoco serían ajenos músicos insignes como Claudio Rocchi. “Il soldato” es la declaración antibelicista de rigor y “Martino”, el presciente ajuste de cuentas con la justicia imperfecta que supo convertir a Adriano Sofri (ex dirigente de Lotta Continua encarcelado bajo una acusación injusta y sin pruebas suficientes) en rehén y escarmiento de toda una época.
La banda ayuda. Especialmente porque son cuatro que se multiplican por varios (instrumentos) y suenan como si hubiese una docena. Lejanos los días en que los músicos sabían tocar. Recuerdos que el punk borraría de un plumazo. Aunque la nostalgia no sea del todo aconsejable. Al fin y al cabo la ineptitud de gran parte de la no wave neoyorquina se las ingenió para legarnos monumentos sónicos memorables.
Rocky Rossi se encarga de saxos alto y barítono, clarinete, y lleva la voz cantante. En sentido literal. Lo suyo es de una rara expresividad, con esa urgencia italiana de gargantas roncas, esos atributos operísticos que Francesco Di Giacomo (Banco del Mutuo Soccorso) y Demetrio Stratos (Area) extenderían hasta cimas inalcanzables de perfección. Pero también sabe ser dulce cuando las circunstancias lo requieren. Roby Grablovitz alterna la flauta con la guitarra eléctrica. Lo que obtiene con esa guitarra recorre toda la escala –de la dinámica musical y de nuestras sensaciones-. Puede pasar de la agresividad más cruda a sonoridades acústicas insospechadas. Luigi Ventura rasguea bajos Fender y sopla trombones. Y Rubino Colasante, a no ser que se trate de un raro espécimen de cuatro manos, debe sobregrabar las bases rítmicas de contrabajo y batería.
Pero no hay grandes trucos de estudio, excepto ciertos desplazamientos estereofónicos, algún que otro juego con el volumen y unos cuantos solos que se ubican en la mezcla detrás de la base rítmica.
¿Qué como suenan? Si me presionan demasiado los archivaría bajo el jazz-rock. Al menos en el instrumental “E”, que es fiel a una línea que supieron cultivar otras bandas italianas de entonces como Duello Madre, Kaleidon, Etna y Preghiera di Sasso. Aunque bien pensado, “Il Soldato” y el comienzo de “Io Robot” convocan ese lirismo clasicista tan propio de la progresiva peninsular. ¿O será acaso el interludio instrumental de este último tema semejante al de una Big Band, con un contrapunto bien jazzeado entre guitarra y contrabajo al que se le sobreimprime un saxo y se le agrega la flauta? Sin embargo, las progresiones del saxo se encuentran más cerca del free jazz que de New Orleáns. Y la agresividad, controlada pero extendida, dice mucho sobre la peculiar concepción del rock que dominaba el período.
En definitiva, otro artefacto histórico inclasificable. Como escribe Jim O´Rourke en la contratapa de la reedición en CD de los suecos Archimedes Badkar (otros imprescindibles sobre los que hablaremos en el futuro inmediato), esos tiempos ya no volverán: la alegría del descubrimiento, la excitación de hacer las cosas sin importarnos lo que pensaban los demás. Tal vez allí radique el secreto de por qué la época nos legó tantos discos extraordinarios.

Norberto Cambiasso

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