Friday, January 28, 2005

Retrospectiva 2004. Un hallazgo: Pèloquin Sauvageau

1- "Sí, pasan los trenes. ¡Emiliano!, el paraíso de los niños...". La frase inconclusa, en perfecto castellano, levita sobre el anuncio de un crescendo electrónico todavía imperceptible. "Le Mexique, c' est le parasite des enfants" (y no "le paradis", como uno podría esperar), contesta otra voz. Comienza así un diálogo desopilante y genial, mitad en español, mitad en francés, sobre niños, trenes, revoluciones y cerveza.
"Ten". "No, no, la dinamita no... una O' Keefe..." "Abrela". Y el tren pasa, entre risas, cervezas que se destapan y vasos que chocan. Por encima del ruido de la máquina, la conversación: "Emiliano, la revolución." "Quelle révolution? La seule révolution c' est le combat contre la mort." "Emiliano, le train est passé. Qu' est qu' on fait avec la dynamite?" Sazonado todo por un ritmo electrónico que, a esta altura, tiende a cortejar alguna improbable forma arábiga.
Explotan las carcajadas, anticipando la explosión verdadera del final. Y hay tiempo para festejar, para reírse (¿de la revolución?, ¿con la revolución?, ¿gracias a la revolución?) y para sancionar a las fronteras como "inflamation nationaliste".
Y hubo tiempo, claro. Tanto como para convertir a "Emiliano" (la referencia a Zapata es ineludible) en la mejor canción de un 2004 pródigo en buenas canciones, para escucharla incansablemente una y otra y otra vez, para disfrutar la ironía de su origen, que se remonta a la lejana provincia de Québec en un lejano 1972. Tiempo para maravillarse con siete minutos perfectos que cuentan la historia de dos revolucionarios que, entusiasmados con la cerveza, la conversación y los buenos momentos, olvidan volar el tren. Lo cual no los desvela en absoluto. Al fin y al cabo, parecen decir, la revolución también puede consistir en pasarla bien. Idea un tanto provocativa para la encendida ideología de la época.
Música concreta, instrumentación electrónica, coloquialismo etílico, recitado poético, slogans dichos a la disparada, veleidades revolucionarias, teatro del absurdo. Tal vez. Todo eso y mucho más. Cualquier clasificación está destinada al fracaso. Un fresco deslumbrante que nos recuerda que, por fortuna, aún queda mucho por descubrir.

2- Se vuelve imperioso armar el rompecabezas, hacer sentido de este hallazgo fortuito cuya existencia ignoraba por completo. ¿Qué decir de un disco titulado Laissez-nous vous embrasser où vous avez mal (algo así como "Déjennos besarlos donde les duele"), aparecido 32 años atrás por la filial canadiense de Polydor, con una curita en la tapa por toda presentación y atribuido a un misterioso dúo que se da a conocer a través de sus apellidos?
Claude Péloquin. Provocateur incansable, con una obra que abarca docena y media de libros -poemas en su mayoría, muchos de ellos autogestionados-, cinco discos, media docena de films, toda clase de colaboraciones y una envidiable predisposición para dilapidar su talento de performer en cualquier espacio que le sea concedido.
Durante los '60, su abigarrada carrera constituye un acelerado curso de preparación para alcanzar la cima de éste, su álbum debut, la síntesis perfecta de sus obsesiones. En 1964 funda L' Horloge du Nouvel Age, grupo de happenings que integra textos, imágenes, proyecciones, música electrónica y danza. Le sucede otro similar, Le Zirmate, al año siguiente.
De ambos participa quien habrá de ser su socio en Laissez-nous: Jean Sauvageau. Pionero de la electrónica en Québec, antiguo alumno de Stockhausen. Patenta sus primeros sintetizadores a fines de los '50. Su música cósmica sobrevuela varios pabellones de la Expo '67, antes de que el género adquiriese carta de ciudadanía germana. Su obra maestra será la machine a Sauvageau, responsable de producir esa gama de sonoridades extrañas que recorre el disco. Un peculiar teclado admirado por el mismísimo Robert Moog y por los integrantes de Pink Floyd, que le regalan al nerd canadiense una de sus primeras consolas VCS3.
Según dicen, "Black Spaghetti" -un instrumental con guitarras que arropan un ritmo tecno que no termina de convertirse en czarda- es una oda a los kilómetros de tejido adhesivo negro que servían para sostener las partes de su extravagante maquinaria.

3- "La seule révolution c' est le combat contre la mort." La cruzada de Pèloquin contra la muerte, entendida en el sentido de una vida apresada en los convencionalismos, resalta en Pèloquin, poete contre la mort, una fotografía tomada por Antoine Désilets en 1968 que retrata a nuestro héroe lírico en un cementerio. Se rumorea que el mismo año participa de una exposición internacional en Buenos Aires y que una revista argentina publica sus textos. Tal vez haya algo de verdad en esto, a juzgar por la repentina adicción de Pèloquin a los ritmos sudamericanos.
De sus encuentros en performances como Nuit de la poésie (1970) y Le show de la parole (1971) con Raoul Duguay y otros miembros del colectivo L' Infonie -otro combo absurdo y genial de la época que merecerá un artículo futuro- sabemos poco y nada. Pero el dato basta para adivinar esa contracultura única y particular que sólo podía desarrollarse en la Québec de ascendencia francesa, tan diferente de las provincias anglosajonas.

4- Y es tiempo de dar nuevamente las cartas. De comprobar que, bajo el fantasmagórico escenario de la revolución mexicana, la "inflamación nacionalista" de Emiliano alude a las reinvindicaciones autónomas del Frente de Liberación de Québec, al secuestro de un diplomático británico y del ministro de trabajo Pierre Laporte (que concluirá en su asesinato), a la crisis de Octubre de 1970 que desembocará en la suspensión de las libertades civiles.
Ya no se trata de le paradis des enfants sino de estos enfants du paradis que, en su absoluta extrañeza, borronean un contexto que adquiere niveles inquietantes de familiaridad. El sentido del humor ácido y despiadado que ejercitan Pèloquin y Sauvageau suspende el "here and now" de la época en un profundo escepticismo, a considerable distancia de esa inmediatez irritante tan típica de sus pares californianos.

5- "Je vous présente Monsieur L' Indien, en l' honneur de tous les déracinés de monde par la civilisation", anuncian en "Monsieur L' Indien", un ritmo trance al que le llegaría su hora veinte años después, cuando se transformaría en un hit de la radio canadiense en la versión del grupo French B. Y en "L' Hymne International des Clowns" se deshacen en cortesías cosmopolitas -"Bon soir, Bon jour, Buenas noches, Hello, Bye, Buenas tardes, Thank you, very much, Good night, Merci"- mientras un violín sostenido termina sepultado por los aplausos del final.
"Aproché, aproché... dans le cirque de l' eternité", invitan, para ofrecernos acto seguido un ejercicio escatológico de dadaísmo clown en minuto y medio, con la repetición frenética de pipí-caca-poil en "Mama Vagina".
Mención especial para "Sterilization", otra obra maestra a la altura de "Emiliano", entonada en un inglés afrancesado bajo otro crescendo electrónico que recuerda al primer Battiato, el de Fetus y Pollution.

"Just because I don't want any children to sleep in my dreams/ just because I have just enough blood for myself/ just because I want to use one spermatozoid/ and leave the others to the wind or in the sheets/ I got sterilized/ yeah, I got sterilized/ No one will ever call me papa/ one shiny afternoom in Amsterdamn..."

Y así por el estilo. Hay más, claro: el contrapunto coral de "Le Grand Silencieux", el entrecortamiento epiléptico de "Down the Drain". Pero lo dicho hasta aquí es suficiente para hacerse una idea de este disco alucinado, un artefacto de otros tiempos que, por fin, el nuestro ha decidido rescatar. La responsabilidad ha sido de Mucho Gusto, un sello de Montreal que también ha puesto a nuestra disposición otras bandas imprescindibles de entonces como L' Infonie y Le Maledictus Sound, uno de los muchos seudónimos bajo los que se esconde el francés Jean-Pierre Massiera.

Norberto Cambiasso

No comments: