Saturday, April 29, 2006

Polifemo en el ojo del huracán (parte 3)

8- Muchos tomaron al pie de la letra ese regocijo más figurado que real. Cuando en Mayo del ’76 aparece su primer LP, la crítica lo recibe con cierta frialdad. El segundo, de junio del ’77, encuentra a la banda en estado de extinción y no conforma ni a sus propios integrantes. Desde entonces se ha vuelto un lugar común referirse a Polifemo como a un grupo que, luego del éxito de su primer simple, pierde la energía originaria e inicia una pendiente que lo condenará a una breve nota al pie en una historia oficial del rock argentino que se caracteriza por convertir a músicos mediocres en luminarias intocables.

Dos botones de muestra. En la enciclopedia CantaRock, 20 años de rock nacional, Polifemo carece de apartado propio, aunque sí lo tienen eminencias “rockeras” como Sandra Mihanovich y Marilina Ross. En el apartado que le dedican a David Lebón describen a Polifemo como “signado por un rocanrol alegre, desinhibido”. En el listado de los grupos incluyen a Polifemo señalando que “grabaron un single caliente y a la hora de los LP perdieron la fuerza inicial”. En otro lugar sostienen literalmente “David Lebón se hartaba del fiasco de Polifemo...”. En The Magic Land, trabajo meritorio en muchos aspectos, Marcelo Camerlo recomienda los singles y define a ambos LPs como “unconvincing”.
Parece que tampoco los singles entusiasmaron a la crítica de la época, interesada como estaba en las “complejidades” del rock sinfónico que se afianzaría en breve. Hay quienes dicen que la cosa fue al revés, que los críticos se reconciliaban con el grupo a medida que su música se volvía más elaborada. No parece ser el caso por las reseñas de Pelo sobre sus dos larga duración, distantes aunque no destructivas. Y aparentemente, Raffanelli dedicaba una parte importante de su tiempo a defender al grupo de las acusaciones. Como sea, es claro que Polifemo nunca despertó grandes adhesiones.

9- Permítannos contradecir semejante tesis. Creemos que Polifemo siguió un camino inverso: de la relativa indistinción de su rock’n’roll primario a la destreza instrumental de su último disco. Así dicho parece apenas una cuestión de acentos, una transposición de preferencias: la de quien privilegia una música elaborada frente a un rock cuadrado. No es estrictamente el caso. Las canciones directas del primer Polifemo se comparan favorablemente con mucho de lo que se escucha en el Crisálida de Espíritu, para mencionar uno de esos discos que entonces disfrutaba de las mieles del reconocimiento unánime.[1] Y además, leída al revés, como la precedencia del rock básico ante los devaneos sinfónicos, la acusación aplica del mismo modo a la narrativa de la decadencia que los críticos adjudican al grupo.
Sí es verdad que debemos abandonar el terreno pantanoso del gusto -aunque en estos menesteres nunca sea del todo posible- para entrar en el más sólido de los argumentos.[2]

10- Digámoslo de una vez: en apariencia Polifemo es un grupo que naufraga en la indefinición. Su corta historia está saturada de un tironeo irresoluto entre el rock básico y las pretensiones de una música que se alimenta por igual del sinfonismo y del jazz-rock. Pero esta contradicción oculta una dialéctica que expresa con fuerza las perplejidades de una época, la de la transición entre la Argentina nefasta de la Triple A y la aún más oscura del llamado Proceso de Reorganización Nacional. Y gracias a sus propias vacilaciones, lo hace mucho mejor que otros proyectos similares de esos años como Crucis, el propio Espíritu o la etapa de Charly Garcia que va de Instituciones a La Máquina de Hacer Pájaros.
Entiéndase bien. No sostenemos ninguna relación inmediata entre rock y política. Lo que queremos insinuar es a la vez más simple y más complejo. Los músicos son personas que, como cualquier otra, reaccionan subjetivamente ante una coyuntura histórica específica. Comparten esperanzas y desilusiones con los demás. No son intelectuales en sentido estricto, por lo tanto, no debemos atribuirles la obligación de comprender su presente, algo que gran parte de la Intelligentsia de izquierda de la época intentó bajo la desafortunada forma de verdades excluyentes. Pero graban discos y hacen recitales. Y esos son hechos objetivos en los cuales es lícito leer un significado histórico. Porque aunque sea una verdad de Perogrullo, nadie puede escaparse de su propio tiempo.

Resulta irrisorio tener que machacar sobre este punto. Pero con demasiada frecuencia se pierde de vista lo evidente. La historiografía del rock nacional no hace esfuerzo alguno por conectar su evolución con la de la historia del país. Como mucho se las considera como dos series de acontecimientos relativamente autónomos entre sí. Cuando la conexión se torna inescapable -como en la famosa autocensura de las letras del tercer LP de Sui Generis- no se arroja demasiada luz sobre el asunto. Queda entonces la irrefrenable sensación de que se trata de una cuestión meramente episódica. Esto ha provocado un estallido de lugares comunes en la interpretación del pasado de nuestro rock, siendo los más irritantes el que defiende el Festival de la Solidaridad Latinoamericana durante la guerra de Malvinas y el que entona hasta el hartazgo el estribillo de una resistencia rockera a la(s) dictadura(s) que jamás logra explicar satisfactoriamente en qué consiste. Un buen ejemplo es el texto de Beltrán Fuentes, La ideología antiautoritaria del rock nacional, que dedica su primera parte a un racconto endeble de la situación política y la segunda a una historia igualmente débil del rock argentino. Se pregona la relación pero nunca se la explica. En honor a la verdad, hay que decir que los comentarios post-facto por parte de los músicos en innumerables reportajes son más representativos a la hora de comprender cómo vivieron el período.

[1] Lebón colabora en sintetizadores durante los primeros pasos de Espíritu y Ciro Fogliatta participará en Libre y Natural -el disco posterior a Crisálida- cuando se separe Polifemo.[2] Mucho se habría ganado si la enorme cantidad de tinta dilapidada sobre el rock nacional se hubiese dedicado al menos al esfuerzo de argumentar el gusto. Con el correr del tiempo se formó un panteón de celebridades que hoy parece inexpugnable. Músicos y periodistas se irritan por igual ante la crítica o el desacuerdo más tenue. Un ejemplo relativamente reciente fue la indignación de Spinetta durante la presentación de uno de sus discos ante una reseña -que no era en absoluto desfavorable- aparecida en el diario Clarín. La desesperación del 90% del periodismo rockero por quedar bien con los consagrados es realmente pusilánime.

Continuará

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