Sunday, April 23, 2006

Polifemo en el ojo del huracán

1- Polifemo pudo haber sido producto de la casualidad pero, con ese sello contradictorio que parece adherido al rock argentino desde sus inicios, la casualidad, si cabe, estuvo determinada de antemano.
Rinaldo Raffanelli conoce a David Lebón a fines del ’67. Juntos forman una de esas bandas juveniles cuyos nombres -Sugar Beat en este caso- tienden a borrarse de la memoria del archivista más atento. Como magro aporte del grupejo a efemérides futuras figura el triunfo en un festival de la omnipresente Escala Musical, con un principiante Leonardo Simmons como presentador.

Se trataba del Festival de los Desconocidos en el teatro Ateneo. Un joven cuarteto de nombre Mach 4 estaba predestinado a salir... ¡cuarto! Aquel día hicieron una versión de “California Dreamin” donde un tal Ricardo Soulé tocaba la flauta dulce. Tiempo después, se volverían famosos como Vox Dei.
Cuando Sugar Beat se desvanece en el aire sin mucha gloria pero tampoco con demasiada pena, la perseverancia quiere que ambos confluyan con Luis Gambolini en otra banda aún menos recordada de nombre Albatros. No obstante, alcanzan a llamar la atención de Héctor Starc, quien incorpora a Raffanelli a su Trío y apadrina a Lebón en La Manzana, el boliche de Billy Bond que sucede a la experiencia fallida de la segunda Cueva.
Es por entonces, después de la separación de Almendra, que Edelmiro Molinari se obsesiona con la formación de un power trio. Junto a Spinetta (¡en bajo!) bautizan al primer intento Tórax e incluyen a Pomo -que venía de Huevo, otro trío efímero- en batería. El segundo, Pistola, promete blues y más blues con Pappo y Claudio Gabis. Ya el siguiente -Viento- encuentra a Molinari asociado con Vitico y Gambolini. Cuando Vitico se pelea con Edelmiro resulta lógico que Gambolini recomiende a su viejo compañero de andanzas, Raffanelli, para encargarse del bajo. Cuando el propio Gambolini hace mutis por el foro, el recomendado recomienda a Lebón (que venía de tocar con Pappo) para sentarse en el banquillo de la batería. Cuarto bautismo consecutivo y un nombre, esta vez, definitivo: Color Humano.

2- La historia oficial menciona, con la evidencia del dato empírico, a Color Humano como una de las tres escisiones post-Almendra. También asume, con cierta ceguera interpretativa, que es la menos interesante. No es este el lugar para ensayar la necesaria y postergada reivindicación de un grupo magnífico. Lo que nos ocupa aquí es la prehistoria de otro trío que pronto devendría cuarteto.
Visto con objetividad, Color Humano es la criatura de Edelmiro, la traducción en complicados arpegios y arreglos elaborados de lo que su cerebro elucubraba en los días inciertos de la vida después de Almendra. Es también la historia breve de su propio hartazgo, que desembocará en su viaje a Estados Unidos. David y Rinaldo son tan sólo actores de reparto, condenados a seguir, obedientes, las instrucciones del líder. El primero se escapa a Pescado Rabioso. El otro continúa hasta un final que la tirantez creciente con Molinari hacía vislumbrar.

3- No se ha insistido lo suficiente sobre el tema pero lo cierto es que tras la separación de los tres pioneros -Los gatos, Manal, Almendra- el rock argentino pasa, hacia 1971, por un momento de perplejidad. El futuro parece resistirse a cualquier conjetura y a ese sentimiento vacilante, de amarga incertidumbre, no es ajena la coyuntura política y social. El país se sumerge en una escalada de violencia que hace temer una guerra civil.

Una complicada dialéctica histórica desmiente esa narración lineal que hemos heredado de la historiografía oficial, como si el rock argentino hubiese estado siempre sujeto a una curva de crecimiento exponencial que concluye en el reconocimiento masivo post-Malvinas. Hubo flujos y reflujos, vacilaciones y saltos al vacío. Aunque más no fuera porque el rock, más allá de su a veces declarada voluntad de aislamiento, no puede apartarse de la marea social y política que sacudió a la Argentina de aquellos años.
Así las cosas, en el reducido mundillo rockero de la época, el círculo de La Pesada y los tanteos sinuosos de unos ex Almendra en busca de la identidad perdida se ofrecen como las únicas opciones relativamente sólidas. Tocar con Edelmiro tiene sus recompensas: la gente les pide autógrafos y los empresarios pagan los shows. A la sombra del guitarrista uno aprende a convertirse en profesional. Algo que tanto Raffanelli como Moro, el reemplazante de Lebón, han tenido la honestidad de reconocer.
No es arriesgado suponer que la limitada vida de Color Humano fue para Rinaldo -y en menor medida para David- un proceso de aprendizaje. Sin exagerarla como experiencia fundacional, no cabe duda de que constituyó un salto cualitativo en su crecimiento como músicos.

4- De allí en más las cosas parecen fluir con mayor velocidad en el caso de David. Durante 1973 su participación en el doble de Pescado Rabioso y la edición de su primer disco solista lo ubican en la punta del iceberg. Converge otra vez con Raffanelli en el seleccionado de rock autóctono que Billy Bond pergeña para la nueva grabación de La Biblia. Como consecuencia de esa experiencia, Charly García invita a Rinaldo a participar de Sui Generis que, por aquel entonces, iniciaba el traumático camino que culminaría en su álbum Instituciones y en su posterior disolución.
Esos vertiginosos meses de 1974 constituyen otro punto álgido en la historia común de los dos amigos. En lo inmediato, conocen a quien conformará la tercera pata del grupo. Juan Rodríguez participa de La Biblia y anticipa en Sui Generis, junto a Raffanelli, la base rítmica que heredará Polifemo. Las guitarras de Rinaldo y David también se dejan oír en Instituciones. Y este último ayuda como invitado en las maratónicas presentaciones del disco.

5- El ’74 es otro de esos años donde Argentina se sitúa al borde de un abismo que no tardará en cruzar. La muerte de Perón el 1° de julio y el desgarramiento sin retorno entre la derecha y la izquierda justicialistas anuncian lo ominoso de los tiempos por venir. Y cuando el porvenir no ofrece garantías cada uno reacciona como puede. Lebón elige una suerte de exilio interior, devocional, que lo lleva a la adopción del gurú Maharaj Ji.
Su retiro no es completo y un día del ’74 el destino lo pone ante una pequeña encrucijada. Le ofrecen un show en el cine Ritz para presentar su disco solista pero carece de banda de apoyo. La dificultad no tarda en llegar a oídos del bajista, dado que como tantas veces en el pasado, Lebón estaba viviendo en su casa. Raffanelli lo disuade de suspender el recital y se ofrece junto a Juan Rodríguez para acompañarlo.

“Y lo hicimos. Vino bastante gente porque David era un tipo bien conceptuado. Había tocado con Pappo’s Blues, con Color Humano, con Pescado Rabioso. Era cantante, multiinstrumentista, todo eso. Cuando terminó el show estaba exultante. Me dijo: ‘¡Qué bueno! ¡Cómo zafamos!’ ‘¿Zafamos? ¡Esto recién empieza!’, le dije yo. Los tres sabíamos que Sui Generis se estaba por disolver y esa noche nació la idea de Polifemo.”

Continuará

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