Thursday, May 04, 2006

Polifemo en el ojo del huracán (parte 4)

11- El primer LP de Polifemo manifiesta todas las tensiones de la época. Una novedad consiste en la incorporación de Ciro Fogliatta en teclados cuando el grupo ya tenía las bases grabadas. Es un buen disco que rehuye las conclusiones definitivas. Se desplaza del rock directo a extensas elucubraciones instrumentales. Aunque nada persiste incontaminado.
“Dueña del confort” se sostiene en un ritmo marcado que no oculta influencias del rhythm and blues. Incluso las guitarras delatan su origen bluesero. Pero construyen las partes instrumentales sobre una cuidada superposición de capas de sonido que poco tienen que ver con la tradición rockanrollera. “Tu forma real” ubica en la columna del rock estribillos potentes y riffs de guitarra. Los motivos melódicos en las voces, típicos de Lebón, son esperables para los seguidores del grupo. Pero un final a toda velocidad y la intromisión del moog no formaban parte del repertorio previo de la banda. En “Qué hago yo aquí” un solo jazzeado de piano relativiza su indiscutible formato rockero. Y “Vamos al campo” incluye curiosos sonidos de cornetas en un ritmo de 4/4.
Una batería de teclados domina el disco. La inclusión de un órgano Hammond, melotrón, moog, celesta y la alternancia entre piano acústico y eléctrico hacen de la banda un pariente cercano a las experimentaciones lujosas (muchas veces apenas lujuriosas) de sus primos sinfónicos del norte. En una canción como “Flotando” el colchón de teclados es tan audible que no requiere comentarios. Persisten las bases energéticas, aunque escapan con mayor frecuencia de la cosa puramente instintiva de los primeros tiempos.
Los arreglos le imprimen una cualidad orquestal que los ubica a considerable distancia de lo que venían ofreciendo. No debe haber sido ajeno el hecho de que pudiesen grabar en un flamante estudio de 16 canales.
En síntesis, el álbum delata una esquizofrenia que sus detractores podrían archivar bajo el conocido mote de “ni chicha ni limonada”. Una forma poco elegante de cerrar la discusión. Hay méritos indudables en Polifemo. Sus titubeos no deben ser tachados como antojadizos. Todo depende del cristal con que se mire. Desde el nuestro, preferiríamos hablar de versatilidad. Que transiten con facilidad el rock and roll, la progresiva o el jazz rock en ciernes que dominará su placa siguiente lo demuestra.

12- Nos agrada el carácter irresoluto del disco. Dice mucho sobre un momento al que toda comprensión le es adversa. David y Rinaldo ya no son los mismos de Sugar Beat. Ni siquiera Rinaldo y Juan son los de Sui Generis. El huevo ha incubado y la serpiente muestra su horrible rostro: el de Videla y Massera en las pantallas de televisión. En instantes como ese, el golpe de Marzo del ’76, el tiempo produce una aceleración impensada que descoloca los patrones de la existencia cotidiana. Las consecuencias son imprevisibles y la única lectura honesta de la realidad pasa por el asombro, por la extrañeza dolorosa ante un universo hostil.
No podemos pensar en otro grupo que, más allá de las intenciones concientes de sus miembros, haya logrado traducir mejor este sentimiento. Aquí no es cuestión de elección –como en Crucis, como en Espíritu- sino de indecisión. La depresión de Charly entre Sui Generis y La Máquina es la depresión de un individuo. De la acelerada metamorfosis de Polifemo, en cambio, podemos apropiarnos todos. Habrá sido triste admitirlo entonces pero era transparente: el rock and roll no salvará al mundo.
Otra clase de salvacionismo ocupaba a David desde hacía un tiempo: la que traduce el “Tema de los devotos”. Es una buena canción, con la guitarra acústica arrastrando un ritmo cansino. “El mundo está feo/ hoy hay dolor/ ya nadie canta/ canciones de amor”, dice su estrofa más recordada.
El tema cerraba el disco pero abría la caja de Pandora. Según Raffanelli, “El ‘Tema de los devotos’ fue el principio del fin para Polifemo. David encontró su camino espiritual con el gurú Majaraj-Ji. Y esa veta devocional de David empezó a chocar con mi costado más racional.”

13- La Iglesia de la Luz Divina fue una novedad que, según dicen, trajo Pipo Lernoud de Europa. Allí se adoptó el tema de Lebón como una suerte de himno que concluía sus ceremonias en la calle Tucumán. “Es tan raro todo lo que pasa aquí/ sé que pronto tendré que elegir/ cruzar los mares o quedarme aquí”, se torturaba David en “Doce caras”, el segundo track del disco. También Rinaldo se interroga “Qué hago yo aquí” pero su caso es más mundano, inspirado en la agotadora serie de conciertos del último Sui Generis.
Como sea, hacía rato que el espíritu se había adueñado de buena parte de los rockeros argentinos. Podía tratarse de metafísica abstracta en Spinetta (“Mi espíritu se fue”, en el doble de Pescado Rabioso) pero cuando la idea se repite en “Flotando” (“Mira ya el mundo/ todo sigue igual/ vámonos ya pronto/ al planeta sin final”), lo que literalmente flota en el aire es una forma específica de huída ante una realidad intolerable.

Fueron muchos los músicos que eligieron irse del país durante aquellos años. A algunos, como a los miembros de La Cofradía de la Flor Solar, no les quedó más remedio, puesto que sufrieron serias amenazas. Otros, como Edelmiro Molinari, Moris, Claudio Gabis, Daniel Irigoyen se decidieron ante el hartazgo de tener que vivir en una sociedad represiva. Se agregan a la lista Javier Martínez, Miguel Abuelo, Billy Bond, los integrantes de Aquelarre, Miguel Cantilo, Roque Narvaja, el propio Jorge Alvarez. A comienzos del ’77 Los Jaivas partirían hacia Europa y tiempo después, Crucis hacia Estados Unidos. Otro tanto harían Lito Nebbia y León Gieco. Los tres destinos favoritos fueron España, Brasil y USA.
Llama la atención que poco y nada se haya escrito sobre semejante sangría en el rock argentino. Muchos regresaron con proyectos musicales que se encontraban en las antípodas de lo que habían hecho tiempo atrás. Dos ejemplos: la reencarnación de Los Abuelos de la Nada en versión reggae y el grupo Punch, donde confluían Cantilo y parte de la Cofradía. Trajeron una cultura new wave que contrastaba con el jazz rock que predominó aquí hasta fines de los ’70, cuando el primer mundo hacía tiempo que desconfiaba a ultranza de cualquier virtuosismo. No obstante, los viejos músicos de nuestra progresiva local (para llamarla de algún modo) parecieron dinosaurios en su nuevo desembarco en el Río de la Plata (la excepción, en cuanto a éxito de público, fueron los nuevos Abuelos de la Nada) Serían las bandas jóvenes –Soda Stereo, Virus, Sumo- las que triunfarían a la hora de aggiornar el rock. Ni Punch ni Wet Picnic (el grupo yanqui de Santaolalla y Kerpel) persistirían en la memoria. Que el Daniel Sbarra corresponsable del disco francés de Miguel Abuelo se parezca poco al integrante de Virus (aunque sea la misma persona), o que valga más el elefante de Tantor en mano que cien Ceratis volando es otra cuestión muy diferente. Pese a los esfuerzos por marcar una continuidad con la tradición, que leemos hasta el hartazgo en libros, revistas y reportajes, existió un corte abrupto que hace del rock de los ’80 un pálido remedo de lo que alguna vez fue una escena de rock autóctono tan rica como contradictoria. Claro que también esto amerita una explicación histórica.


Continuará

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