Monday, January 18, 2010

Vibraciones cósmicas


Repaso el comentario de Keith Moliné en la última The Wire y tengo la sensación de que él y yo leímos dos libros diferentes. Pero se trata del mismo -Krautrock: Cosmic Rock and Its Legacy-, editado recientemente por Black Dog Publishing en Londres. Un lujoso volumen que se suma a la copiosa bibliografía sobre el rock alemán de la década del ’70, cuya estructura se divide en una primera parte con cuatro ensayos introductorios y una segunda y central que incluye 31 perfiles de músicos y bandas, otros ocho de los sellos importantes de la “escena” y cuatro dedicados a los productores. Cierra el tomo de unas 200 páginas de considerable tamaño una cronología tentativa y la traducción al inglés de un célebre artículo de Jean-Pierre Lentin publicado en la revista parisina Actuel en 1973.

Si uno busca con esmero en los créditos de la última página, encontrará que como editor figura un tal Nikolaos Kotsopoulos. Pero sospecho que buena parte de lo que aquí se cuece pertenece al cerebro (y la pluma) de David Stubbs, una de las jóvenes promesas (junto al más conocido Simon Reynolds) de la Melody Maker modelo ’88, cuando el semanario todavía alababa a grupos como Young Gods y My Bloody Valentine, antes de caer preso de Manchester ‘89, el brit pop y el ladismo más banal de los ‘90. Una década después, la madurez lo ubica como colaborador de The Wire junto a Ken Hollings, David Keenan y Brian Morton, otros periodistas que aportan a este volumen. Al propio Stubbs se deben el ensayo introductorio y la redacción de los perfiles de las bandas más conocidas (Can, Faust, Kraftwerk, Guru Guru, Tangerine Dream y algunas más).

Y es respecto de él donde comienzan mis desacuerdos con Moliné, quién disculpa su introducción, bastante aséptica por cierto, diciendo que no pretende otra cosa que reescribir el capítulo inicial del famoso krautrocksampler de Julian Cope. Amén del entusiasmo contagioso de Cope, dudo que tomar su pequeño opúsculo como punto de referencia le haga algún bien a una bibliografía sobre krautrock que parece morderse constantemente la cola, aprisionada por una serie de truismos muy británicos pero incapaz de entender la peculiar coyuntura histórica en la que maduraría el rock germano. Además, Stubbs encadena una serie de inexactitudes que le conceden a sus entradas un fastidioso descuido. No es en 1980, como parece insinuar, sino en 1975 cuando se produce el debut americano de Kraftwerk, no es el bueno de Karl Bartos sino Wolfgang Flur el autor de esa biografía sobre el grupo que indignó tanto al tandem Hutter-Schneider, nada tiene que ver el disco de Organisation con el “trance-rock de aroma oriental” del que habla un Stubbs que parece no haberlo escuchado. Y si bien acierta al admitir que el baterista Mani Neumeier proviene del free jazz y participa del trío de la pianista suiza Irene Schweizer, no parece conciente de que su compañero en la base rítmica del mencionado trío es el propio Uli Trepte, que lo acompañará poco después en la aventura común de Guru Guru.

Las entradas de Brian Morton son, en cambio, mucho más juiciosas e interesantes. Morton se encarga de los grupos más experimentales o ligados al jazz (Anima, Embryo, Agitation Free, Xhol Caravan, Wolfgang Dauner’s Et Cetera, Limbus 3 & 4, Floh de Cologne) y entiende bien la inmensa influencia que el free tuvo en el kraut. Sorprende un tanto la inclusión de Nektar, mediocre banda de británicos radicados en Alemania cuyo momento más notable no pasó de ser una pálida imitación del Pink Floyd del período intermedio, -after Barret y pre Dark Side of the Moon-. David Keenan se encarga del lado más folk del género sin aportar gran cosa. Y hay incluso alguna participación modesta (por ejemplo en la entrada de Between) de Archie Patterson, pionero en la difusión del rock experimental europeo con su revista Eurock. El espacio destinado a los sellos se desperdicia en lujosas ilustraciones de tapas de discos, aunque hay que decir que las excelentes fotografías son lo mejor del libro. Para confirmar mis sospechas, sellos y productores (Rolf -Ulrich Kaiser, Dieter Dierks, Conny Plank y Gerhard Augustin), también recaen en las manos de Stubbs.

Es el ensayo que a Moliné más le disgusta el mejor del lote. Pertenece a Michel Faber, se lee con facilidad y pone el dedo en la llaga. Porque el krautrock seguirá siendo apenas un pigmento de la imaginación británica si no entendemos que los grupos que triunfaban en la época (Grobschnitt, Jane, Novalis, Birth Control y otros que a nuestros oídos suenan como meras imitaciones del mainstream anglosajón) marcaban el pulso de los charts germanos y condenaban a Can, Faust o los primeros Kraftwerk a la categoría de meras curiosidades excéntricas. En palabras de Moliné: “Mientras tanto, Michel Farber se toma nueve páginas para decirnos, en una prosa que hay que reconocer chispeante, que Faust y Harmonia eran menos populares en Alemania que Deep Purple. ¡Bien, ilústrame! (Por si fuera poco, el libro termina con un artículo de enero de 1973 aparecido en la revista francesa Actuel que sirve como contradicción directa del argumento de Faber acerca de que la música progresiva alemana es un fenómeno retrospectivo)” Mi querido Moliné, es usted quien no entiende nada. De hecho, el artículo de Lentin al que se refiere ya identificaba signos de agotamiento en el rock alemán a comienzos del ’73 (“En 1972 el rock banal tuvo un gran retorno entre los jóvenes músicos. Algunos ya están teniendo dudas acerca del cambio de guardia.”) Sólo si consideramos la evolución del rock alemán en su conjunto como un hecho histórico podemos comprender que por aquel entonces se extienden las bandas de hard rock en directa conexión con la llegada de las drogas duras y la creciente paranoia respecto de guerrillas urbanas como el Rote Arme Fraktion. El ensayo de Farber apunta a demostrar justamente eso: que el kraut rock no fue un movimiento atemporal y que por eso no genera el mismo entusiasmo entre los contemporáneos germanos que en sus soñadores pares británicos. Es la primera vez que alguien plantea esta muy necesaria cuestión en lengua inglesa (o en cualquier otra para el caso, si exceptuamos a los alemanes) Por eso ni la mejor reunión ni el disco nuevo más excelso de Faust, Can, Kraftwerk o quien sea pueden devolverle vida al género (que en realidad no es tal), ligado como está a un período particularmente trágico de la Bundesrepublik. La pequeña e insuficiente cronología del final roza apenas el inmenso problema, nunca resuelto hasta ahora, de la conexión entre la música y la sociedad de la época. Algo sobre lo que prometo abundar en futuros posteos.

Completan el libro un pretensioso ensayo de Ken Hollings (“exhaustivo” y “cuidadosamente argumentado” según Moliné) acerca del papel de la radio en la República Federal y otro de Erik Davis que conecta la Kosmische Musik con el concepto estético-filosófico de lo sublime. Más allá de algunas revelaciones parciales, el de Hollings es una pesada acumulación de efemérides que no termina de llegar al punto. El nazismo, Stockhausen, Beuys, Fluxus, Syberberg y demás asoman entre una parrafada barroca carente de dirección y de distinción por igual. Un poco a la manera de esos libros de David Toop donde una supuesta erudición mezclada con anécdotas personales termina siempre por hacernos perder el norte. El de Davis es más puntual y menos puntilloso pero en su reducción de lo cósmico a una cualidad de la conciencia acaba también por arrancar la música de Tangerine Dream, Ash Ra Tempel, Popol Vuh y cía. de las coordenadas históricas que son las únicas que pueden concederle sentido.


Quienes hayan soportado hasta aquí mi retórica cargada de críticas concluirán que el texto no vale la pena. Sería injusto de mi parte dejarlos con esa impresión. Supongo que servirá a muchos que no conocen el tema en profundidad. Y tiene la virtud de hacer rabiar a los que, inmodestamente, nos consideramos especialistas. Hay algunas buenas ideas y mucha data correcta (en especial gracias a Brian Morton), aunque yo haya elegido acentuar sus debilidades y errores. Pero constituye otra posibilidad perdida (y van...) de escribir algo más concreto y definitivo. Y a nivel data, se compara desfavorablemente con Au-dela du rock: la vague planante, électronique et expérimentale allemande des années soixante-dix a cargo de Eric Deshayes, aparecido en francés en 2007 y del que hablaremos en el próximo post. Hasta entonces...

5 comments:

Norberto said...

Lo prometido es deuda. Aquí va el comentario de un recientísimo nuevo libro en inglés sobre el krautrock. Como mucho, habrá salido el mes pasado. Más sobre rock alemán en los próximos posts.

Anonymous said...

Y los comments dónde están? Se fueron todos de vacaciones?

gabriel said...

Excelente artículo, Norberto.
De la onda de Uli Trepte (que murió en 2009) tengo dos discos de su banda Takes On Words, con el holandés Aja Waalwijk en voces. Con Aja tocamos en octubre de ese año en Amsterdam con la banda TITO (Transindustriel Toy Orchestra). Estuvimos Aja, Peter Kastner, Paolo Moretto y otros amigos.
Voy a Argentina de visita y estaré en Buenos Aires una semana más o menos. Del 30 de enero hasta que me organice para ver a mis amigos porteños y luego voy a Mendoza. Saludos.

gabriel said...

Si estás nos comunicamos por mail.

Norberto said...

Sí, supe lo de Uli Trepte. Una lástima.
No dejes de escribirme si estás en Baires, así nos encontramos. Mandame un mail y te paso mi TE. Como imaginarás, con un niño de días, no iremos a ninguna parte. Nos quedaremos a gozar de los 40 grados a la sombra que suele deparar el encantador verano porteño.