Monday, January 25, 2010

Bibliofilia kraut


A mediados de los ’90 se produjo una súbita explosión de interés por el rock alemán de los ’70 en la prensa anglosajona. La punta del iceberg fue, sin duda, el krautrocksampler (1995) de Julian Cope. El bueno de Julian escribía con entusiasmo desbordante acerca de las bandas que habían marcado su adolescencia en Tamworth. Y no por casualidad eran estas -Can, Faust, Tangerine Dream, Ash Ra- las que habían firmado con el sello británico Virgin en el momento preciso (1973-1974) en que la creatividad inicial del rock germano mostraba las primeras señales de agotamiento. Un capítulo introductorio y otro sobre Can habían aparecido como anticipo en el mensuario de música experimental The Wire. Poco después, su librito generó un verdadero boom. Desde entonces, muchos no hacen más que repetir sus puntos de vista, fuertemente subjetivos y bastante sesgados.


Para Cope, el rock alemán de la época se reducía a unos pocos grupos asociados entre sí. Además de los ya mencionados: Kraftwerk, Neu!, Cluster, Harmonia, Popol Vuh, Amon Düül I y II, Guru Guru, Witthüser und Westrupp, Klaus Schulze y la saga de los Cosmic Jokers. A Agitation Free lo liquidaba en una nota al pie, de Xhol Caravan no decía una palabra y a Embryo lo despreciaba sin demasiada ceremonia. Hay que admitir que más tarde, en su web http://www.headheritage.co.uk/, iría descubriendo a muchos otros (Sand, German Oak, Hairy Chapter, A.R. & Machines) que por entonces desconocía. Quizás fuera esta la razón de su testaruda negativa a reeditar un texto que se agotó al poco tiempo y que rápidamente fue traducido al alemán, al francés y al italiano.


Cope leía el krautrock como un derivado de la contracultura de los ´60. Pero no hacía ningún esfuerzo por descubrir sus rasgos específicamente alemanes. Así, por enésima vez, el kraut se reducía a unas cuantas bandas notables, se lo arrancaba de la coyuntura histórica específica y se lo convertía en un fragmento atemporal de la imaginación británica. La misma denominación kraut era despectiva, aunque los propios alemanes se la hubiesen apropiado de manera irónica. Era el modo en que los anglosajones se referían a sus enemigos germanos durante la guerra. Peor aún, para Julian el krautrock era, en última instancia, el antecedente pionero del punk (y el post-punk) que vendrían a renovar la adormilada escena inglesa.


Resulta ocioso tener que aclarar que no se trataba de ningún punk avant la lettre. Pero semejante operación, la de inventar una escena e interpretarla en clave de etnocentrismo british, no carecía de antecedentes incluso en los tiempos (supuestamente prehistóricos) previos a los Sex Pistols (y a Margaret Thatcher). Ian MacDonald hablaba ya en diciembre de 1972 de “la escena rock más extraña del mundo”. Lo hacía en una serie de artículos para el New Musical Express bajo el título de “Germany Calling”. Pero a diferencia de Cope, además de los conocidos de siempre, el autor del célebre libro sobre los Beatles Revolution in the Head diseccionaba también la música de Xhol, Embryo, Annexus Quam y varios otros. Incluso antes, en abril del mismo año, el periodista Michael Watts publicaba su “Deutsch Rock” en una página completa del Melody Maker. En enero del ’73, firmado por la informada pluma de Jean Pierre Lentin aparecía en Actuel, la biblia de la contracultura francesa, un extenso texto titulado “Le rock allemand enfin!”. Y la revista italiana Ciao 2001 prometía en un número de 1973, sobre una imagen de Popol Vuh: “Pop tedesco- Cosmische (sic) Musik: Musica cosmica, spazi vergini e informali con Tangerine Dream; meditazione elettronica con atmosfere romantico-orientali nei Popol Vuh, Ash Ra Tempel; Preistoria e futurismo con I Kraftwerk; campus music, note politiche in Embryo e Floh de Cologne.” Si hasta el inefable Lester Bangs publicaba poco después sendos análisis sobre Kraftwerk y Amon Düül II.


Como verán, la recepción generalizada del rock alemán flotaba en el aire de aquel entonces. Era el fin del período underground y el comienzo de los tours internacionales de muchos de sus grupos insignia. Cosa que concluiría con la exitosa gira de Kraftwerk por Estados Unidos en 1975, su LP Autobahn al tope de los rankings yanquis y el éxodo de buena parte de las bandas del sello Ohr a Virgin cuando Rolf Ulrich Kaiser cayó en desgracia. Todo esto merece una explicación más detallada que no podemos dar en este contexto. Baste por el momento constatar que la difusión del krautrock era directamente proporcional al agotamiento de sus energías creativas. Y que coincidía en enorme medida con el deterioro de la situación política en la República Federal, que alcanzaría un clímax negativo en el otoño de 1977 con el asesinato del capo del Dresden Bank Jürgen Ponto, el secuestro por parte del Frente Popular para la Liberación de Palestina de un avión de Lufthansa, el secuestro y posterior ejecución del jefe de la Federación de Industrias Alemanas Hans Martin Schleyer y el suicidio de los principales miembros de la RAF -Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan Carl Raspe- en la prisión de Stannheim.
Para ese entonces el krautrock sería apenas un recuerdo. Siguieron saliendo discos. Algunos, no muchos, incluso buenos. Pero lo que se quebró durante esos tiempos aciagos fue la peculiar conexión entre contracultura y radicalismo político que en la Bundesrepublik gozaba de una intimidad desconocida en otros lares. Por eso, la extenuación del kraut corre paralela a la creciente desilusión, la desesperación diría, de una amplia franja de esa nueva izquierda que bajo la forma de Oposición Extraparlamentaria (APO) se radicalizaría en 1967, a raíz de la polémica acerca de las leyes de Emergencia (Notstandgesetze) y el asesinato del estudiante Benno Ohnesorg. El tiempo del rock alemán experimental o progresivo, para bien o para mal, coincidió con ese momento histórico y nada significa si lo aislamos de esas traumáticas experiencias que ilustran tanto sobre sus primeros impulsos como sobre los motivos de su paulatino debilitamiento. Un lazo que todavía era evidente para la periodista Ingeborg Schober cuando escribió su Amon Düül, Tanz der Lemminge: Anfänge deutscher Rockmusik in der Protestbewegung der 60er und 70er Jahre (algo así como “La danza de los conejos: Comienzos de la música rock alemana en el movimiento de protesta de los años 60 y 70”), publicado por primera vez en 1982 y todavía el mejor libro escrito sobre el tópico (recuerdo que Luis Chitarroni me dijo que había una traducción al español, pero de eso fue hace tanto tiempo que probablemente lo haya soñado. En todo caso, jamás di con ninguna versión que no fuera la alemana).
La abundante bibliografía en lengua inglesa sobre kraut en el mejor de los casos proclama esa conexión sin explorarla jamás en profundidad. Prefiere, como Cope en plena actitud punk, oponer las innovaciones germanas al pretensioso y reaccionario discurrir de sus contemporáneos sinfónicos en Gran Bretaña. O como Simon Reynolds, David Stubbs y cía., ocuparse en señalar como un puñado de bandas germanas influyeron en casi todos los géneros de las décadas siguientes: del postpunk al techno, del postrock al electro, del ambient al industrial y así sucesivamente. Tal vez sea hora de que alguien se tome la molestia de escribir un libro al respecto desde otra perspectiva, alejada del fastidioso provincialismo anglosajón. ¿Y por qué no hacerlo desde un lugar tan apartado de este mundo ancho y ajeno como Argentina? Se escuchan ofertas de financiación. Y habrá más rock alemán en el futuro.

Monday, January 18, 2010

Vibraciones cósmicas


Repaso el comentario de Keith Moliné en la última The Wire y tengo la sensación de que él y yo leímos dos libros diferentes. Pero se trata del mismo -Krautrock: Cosmic Rock and Its Legacy-, editado recientemente por Black Dog Publishing en Londres. Un lujoso volumen que se suma a la copiosa bibliografía sobre el rock alemán de la década del ’70, cuya estructura se divide en una primera parte con cuatro ensayos introductorios y una segunda y central que incluye 31 perfiles de músicos y bandas, otros ocho de los sellos importantes de la “escena” y cuatro dedicados a los productores. Cierra el tomo de unas 200 páginas de considerable tamaño una cronología tentativa y la traducción al inglés de un célebre artículo de Jean-Pierre Lentin publicado en la revista parisina Actuel en 1973.

Si uno busca con esmero en los créditos de la última página, encontrará que como editor figura un tal Nikolaos Kotsopoulos. Pero sospecho que buena parte de lo que aquí se cuece pertenece al cerebro (y la pluma) de David Stubbs, una de las jóvenes promesas (junto al más conocido Simon Reynolds) de la Melody Maker modelo ’88, cuando el semanario todavía alababa a grupos como Young Gods y My Bloody Valentine, antes de caer preso de Manchester ‘89, el brit pop y el ladismo más banal de los ‘90. Una década después, la madurez lo ubica como colaborador de The Wire junto a Ken Hollings, David Keenan y Brian Morton, otros periodistas que aportan a este volumen. Al propio Stubbs se deben el ensayo introductorio y la redacción de los perfiles de las bandas más conocidas (Can, Faust, Kraftwerk, Guru Guru, Tangerine Dream y algunas más).

Y es respecto de él donde comienzan mis desacuerdos con Moliné, quién disculpa su introducción, bastante aséptica por cierto, diciendo que no pretende otra cosa que reescribir el capítulo inicial del famoso krautrocksampler de Julian Cope. Amén del entusiasmo contagioso de Cope, dudo que tomar su pequeño opúsculo como punto de referencia le haga algún bien a una bibliografía sobre krautrock que parece morderse constantemente la cola, aprisionada por una serie de truismos muy británicos pero incapaz de entender la peculiar coyuntura histórica en la que maduraría el rock germano. Además, Stubbs encadena una serie de inexactitudes que le conceden a sus entradas un fastidioso descuido. No es en 1980, como parece insinuar, sino en 1975 cuando se produce el debut americano de Kraftwerk, no es el bueno de Karl Bartos sino Wolfgang Flur el autor de esa biografía sobre el grupo que indignó tanto al tandem Hutter-Schneider, nada tiene que ver el disco de Organisation con el “trance-rock de aroma oriental” del que habla un Stubbs que parece no haberlo escuchado. Y si bien acierta al admitir que el baterista Mani Neumeier proviene del free jazz y participa del trío de la pianista suiza Irene Schweizer, no parece conciente de que su compañero en la base rítmica del mencionado trío es el propio Uli Trepte, que lo acompañará poco después en la aventura común de Guru Guru.

Las entradas de Brian Morton son, en cambio, mucho más juiciosas e interesantes. Morton se encarga de los grupos más experimentales o ligados al jazz (Anima, Embryo, Agitation Free, Xhol Caravan, Wolfgang Dauner’s Et Cetera, Limbus 3 & 4, Floh de Cologne) y entiende bien la inmensa influencia que el free tuvo en el kraut. Sorprende un tanto la inclusión de Nektar, mediocre banda de británicos radicados en Alemania cuyo momento más notable no pasó de ser una pálida imitación del Pink Floyd del período intermedio, -after Barret y pre Dark Side of the Moon-. David Keenan se encarga del lado más folk del género sin aportar gran cosa. Y hay incluso alguna participación modesta (por ejemplo en la entrada de Between) de Archie Patterson, pionero en la difusión del rock experimental europeo con su revista Eurock. El espacio destinado a los sellos se desperdicia en lujosas ilustraciones de tapas de discos, aunque hay que decir que las excelentes fotografías son lo mejor del libro. Para confirmar mis sospechas, sellos y productores (Rolf -Ulrich Kaiser, Dieter Dierks, Conny Plank y Gerhard Augustin), también recaen en las manos de Stubbs.

Es el ensayo que a Moliné más le disgusta el mejor del lote. Pertenece a Michel Faber, se lee con facilidad y pone el dedo en la llaga. Porque el krautrock seguirá siendo apenas un pigmento de la imaginación británica si no entendemos que los grupos que triunfaban en la época (Grobschnitt, Jane, Novalis, Birth Control y otros que a nuestros oídos suenan como meras imitaciones del mainstream anglosajón) marcaban el pulso de los charts germanos y condenaban a Can, Faust o los primeros Kraftwerk a la categoría de meras curiosidades excéntricas. En palabras de Moliné: “Mientras tanto, Michel Farber se toma nueve páginas para decirnos, en una prosa que hay que reconocer chispeante, que Faust y Harmonia eran menos populares en Alemania que Deep Purple. ¡Bien, ilústrame! (Por si fuera poco, el libro termina con un artículo de enero de 1973 aparecido en la revista francesa Actuel que sirve como contradicción directa del argumento de Faber acerca de que la música progresiva alemana es un fenómeno retrospectivo)” Mi querido Moliné, es usted quien no entiende nada. De hecho, el artículo de Lentin al que se refiere ya identificaba signos de agotamiento en el rock alemán a comienzos del ’73 (“En 1972 el rock banal tuvo un gran retorno entre los jóvenes músicos. Algunos ya están teniendo dudas acerca del cambio de guardia.”) Sólo si consideramos la evolución del rock alemán en su conjunto como un hecho histórico podemos comprender que por aquel entonces se extienden las bandas de hard rock en directa conexión con la llegada de las drogas duras y la creciente paranoia respecto de guerrillas urbanas como el Rote Arme Fraktion. El ensayo de Farber apunta a demostrar justamente eso: que el kraut rock no fue un movimiento atemporal y que por eso no genera el mismo entusiasmo entre los contemporáneos germanos que en sus soñadores pares británicos. Es la primera vez que alguien plantea esta muy necesaria cuestión en lengua inglesa (o en cualquier otra para el caso, si exceptuamos a los alemanes) Por eso ni la mejor reunión ni el disco nuevo más excelso de Faust, Can, Kraftwerk o quien sea pueden devolverle vida al género (que en realidad no es tal), ligado como está a un período particularmente trágico de la Bundesrepublik. La pequeña e insuficiente cronología del final roza apenas el inmenso problema, nunca resuelto hasta ahora, de la conexión entre la música y la sociedad de la época. Algo sobre lo que prometo abundar en futuros posteos.

Completan el libro un pretensioso ensayo de Ken Hollings (“exhaustivo” y “cuidadosamente argumentado” según Moliné) acerca del papel de la radio en la República Federal y otro de Erik Davis que conecta la Kosmische Musik con el concepto estético-filosófico de lo sublime. Más allá de algunas revelaciones parciales, el de Hollings es una pesada acumulación de efemérides que no termina de llegar al punto. El nazismo, Stockhausen, Beuys, Fluxus, Syberberg y demás asoman entre una parrafada barroca carente de dirección y de distinción por igual. Un poco a la manera de esos libros de David Toop donde una supuesta erudición mezclada con anécdotas personales termina siempre por hacernos perder el norte. El de Davis es más puntual y menos puntilloso pero en su reducción de lo cósmico a una cualidad de la conciencia acaba también por arrancar la música de Tangerine Dream, Ash Ra Tempel, Popol Vuh y cía. de las coordenadas históricas que son las únicas que pueden concederle sentido.


Quienes hayan soportado hasta aquí mi retórica cargada de críticas concluirán que el texto no vale la pena. Sería injusto de mi parte dejarlos con esa impresión. Supongo que servirá a muchos que no conocen el tema en profundidad. Y tiene la virtud de hacer rabiar a los que, inmodestamente, nos consideramos especialistas. Hay algunas buenas ideas y mucha data correcta (en especial gracias a Brian Morton), aunque yo haya elegido acentuar sus debilidades y errores. Pero constituye otra posibilidad perdida (y van...) de escribir algo más concreto y definitivo. Y a nivel data, se compara desfavorablemente con Au-dela du rock: la vague planante, électronique et expérimentale allemande des années soixante-dix a cargo de Eric Deshayes, aparecido en francés en 2007 y del que hablaremos en el próximo post. Hasta entonces...