Sunday, April 03, 2011

Como un enorme sí: cuando el jazz europeo alcanzó su mayoría de edad



“Pero la vida de cualquier sociedad presenta una infinita variedad de preocupaciones microscópicas, cada una de las cuales, como una célula, está codificada con las características definitorias del organismo social completo. El fenómeno del jazz soviético es una de ellas.”
S. Frederick Starr


“Por estos tiempos los europeos tuvieron dos experiencias históricas de algún modo paralelas a aquellas afroamericanas de la pérdida de la cultura original y la adaptación a una nueva: se autodestruyeron como poderes mundiales en sus batallas entre sí y con América, y se reorganizaron bajo la sombra americana. Como los afroamericanos, cuando se volcaron a la improvisación libre para dotar de significado a su propia historia y a su nuevo presente, estaban inspirándose en las ruinas y despojos internos y externos...”

Mike Heffley[1]



“Un fantasma recorre Europa”: La disolución de los imperios coloniales

"Iluminismo es el abandono que hace el hombre de su minoría de edad", respondía el filósofo Immanuel Kant cuando le preguntaban sobre aquella época que la nuestra tan injustamente desprecia. Y agregaba: “Minoría de edad es no poder servirse del propio entendimiento y necesitar de la tutela de uno ajeno.”

Varias décadas le llevó al jazz en Europa acceder a su mayoría de edad, liberarse de los viejos dogmas genéricos, de la imitación compulsiva de los modelos norteamericanos. Cuando lo hizo, a partir de la segunda mitad de la década del ’60, su emancipación fue tan radical que terminó por convertirse en otra cosa, irreconocible, intolerable para los tradicionalistas a ultranza: la improvisación libre.

Puede que la historia del jazz europeo hasta entonces, salvo honrosas excepciones como la del guitarrista gitano de origen belga Django Reinhardt, careciera de distinción. Y aún así, el surgimiento de una música de raíz continental, aunque respetuosa a su vez de las idiosincrasias regionales, se encuentra indisolublemente ligado a las condiciones históricas de la Europa de posguerra.

Una Europa que no acababa de recuperarse de las heridas que supo infligirse a sí misma en las dos grandes guerras y se encontraba ya dividida por la escalada de otra guerra fría que la rebajaba a mero rehén de los intereses de dos flamantes superpotencias. Que incluso debía asistir, perturbada y confundida, al desmoronamiento de su imperio colonial y a la transformación de sus venerables sociedades por las fuerzas opuestas pero complementarias, igualmente ajenas, de la sovietización y la americanización. Una Europa, en fin, que al promediar la década del ’50 entraría en un estado de ansiedad generalizada a ambos lados de la cortina de hierro.

En Europa occidental los poderes coloniales presenciaron cómo de la noche a la mañana se desmoronaban sus orgullosos imperios de ultramar en Asia y en África al calor de los movimientos independentistas, de las guerrillas de liberación nacional y del costo que sus propias sociedades debieron pagar por su participación en el esfuerzo contra Hitler y sus aliados.

Holanda tuvo que conceder la independencia de Indonesia en 1949, decretada unilateralmente por el líder nacionalista Sukarno cuatro años antes. Bélgica abandonó apresurada y desastrosamente el Congo en 1960. Después de la derrota de Dien Bien Phu en 1954 ante las tropas comunistas de Ho Chi Minh, Francia lograría escapar del pantano de Indochina gracias a la generosidad (y a la estupidez) de su principal protector y financista: Estados Unidos. Sólo para enterrarse unos meses más tarde en una insurrección argelina que acabaría con la Cuarta República, sometería a la sociedad francesa a un trauma de proporciones y allanaría el camino para la aventura presidencialista del general De Gaulle y su plan de reconstruir la perdida grandeza del país galo en clave europea.

La proverbial flema inglesa se las ingenió para mantener las formas a medida que el sur asiático (Pakistán, Birmania, Ceylán y la India en particular) y Oriente medio (Palestina, Irak) se sustraían a su colonial dominio. Pero perdería definitivamente la compostura con el papelón de Suez (compartido con franceses e israelíes) en 1956, cuando el coronel egipcio Gamal Abdul Nasser nacionalizara el canal y, gracias a la presión de Estados Unidos, sometiera al imperio más formidable de antaño a una humillación desconocida hasta entonces.

Acontecimientos en apariencia lejanos que tendrían consecuencias considerables en sociedades muy distantes del optimismo de comienzos de los ’50, cosa que sumada a la incipiente modernización bajo la influencia norteamericana, las conduciría por el camino de una creciente politización a finales de esa misma década.[2] Más importante aún, las heridas (pos)coloniales y el fantasma de la americanización a ultranza se conjugarían para la búsqueda gradual de alianzas y soluciones de carácter continental.



Políticas de la guerra fría

Más allá de la coyuntura histórica europea, serían las transformaciones revolucionarias del jazz afroamericano -gracias a la confluencia del movimiento por los derechos civiles, la guerra fría y el anticolonialismo- las que terminarían por allanar el camino hacia un jazz continental autónomo. Como bien señala la crítica Ingrid Monson:

“Una ironía de este período consiste en que mientras los músicos estaban perfeccionando su relación con el modernismo y tendían a declarar la autonomía y trascendencia de su arte, se encontraban simultáneamente sacudidos por las fuerzas políticas en torno a ellos, tanto domésticas como internacionales.” [3]

Al promediar la década del ’50 la guerra fría contra el comunismo se hallaba en pleno apogeo. Y el frente cultural se volvía cada vez más importante. La administración Einsenhower comprendió rápidamente que la retórica impulsada hasta entonces, la de unos Estados Unidos que encarnaban los principios de la libertad occidental, chocaba con la segregación racial de facto en los estados del sur. Cuantos más países se sacudían el yugo del colonialismo europeo, más se temía que el racismo americano fuese razón suficiente para que estos nuevos países (en su mayoría de poblaciones no caucásicas) se aliasen con la Unión Soviética. Fue entonces que el Departamento de Estado comenzó a actuar bajo una nueva lógica que convertiría a la lucha por los derechos civiles en imprevisible aliada de la cruzada anticomunista.

Como consecuencia de este razonamiento se inauguraría en 1954 el Programa de Presentaciones Culturales, pomposo nombre bajo el cual se ocultaba la financiación estatal de giras de artistas norteamericanos a las jóvenes naciones tercermundistas. Igual que en la década previa, cuando las dos grandes superpotencias pugnaban por apropiarse de las simpatías europeas, los expertos tardaron en darse cuenta de que la cultura popular era un arma mucho más efectiva que cualquier veleidad alto-modernista en la disputa contra las “hordas bolcheviques”. Pero esta vez el jazz estaría presente, en gran medida debido a los propios acontecimientos domésticos. La decisión de la corte en el caso Brown contra el Consejo de Educación, que proclamaba de derecho (si bien no se aplicaría de hecho) la igualdad entre blancos y negros en el acceso a la educación, tenía que ser promocionada. Y el linchamiento de Emmett Till en septiembre de 1955, de pésimo impacto internacional, debía ser contrarrestado.[4]

Las dos exitosas giras de Dizzy Gillespie en 1956, una a Asia y los Balcanes, la otra a Sudamérica, inaugurarían una andanada de tours a lo largo y ancho de este mundo que, entre el ’56 y el ’69, incluiría también a Benny Goodman, Dave Brubeck, Woody Herman, Herbie Mann, Louis Armstrong, Duke Ellington, Earl Hines, Randy Weston, Charles Lloyd, Oliver Nelson y Buddy Guy entre otros. Una variedad estilística que iba del jazz de New Orleans al be bop pero que curiosamente (o no tanto) ignoraba el jazz moderno de Miles Davis, John Coltrane, Charlie Mingus y Thelonius Monk, por entonces en el apogeo de sus carreras.

Estas giras, donde la composición racial mixta de las bandas era un requisito mencionado en voz baja, colocaban a los artistas afroamericanos en una posición incómoda. Porque de hecho podían ser vistos, y así lo entendieron muchos, como agentes del imperialismo cultural yanqui. No obstante, abundaban las oportunidades para consustanciarse con tradiciones africanas que por aquel entonces, en directa relación con la escalada de la revuelta de las poblaciones negras en el sur, estaban siendo redescubiertas. Fue el caso de Art Blackey –quien viajaría a África por iniciativa propia-, Randy Weston y Max Roach. Discos como African Beat (1962) de Blackey, Afroamerican Sketches (1961) de Oliver Nelson, Uhuru Afrika (1960) de Weston o el legendario We Insist! Freedom Now Suite (1960) de Roach acentuaban los ritmos africanos y caribeños (con el patrón de 6/8 típico de la música afrocubana), reunían a músicos de esas dos proveniencias con los afroamericanos, y celebraban la libertad de las nuevas naciones africanas. Una temprana señal de alarma para aquellos enamorados de la nueva respetabilidad (blanca) que el jazz había adquirido en los ’50. Y que en gran medida se debía a la combinación del factor político con el económico: su cooptación para las necesidades de la agresiva diplomacia de la guerra fría y su explotación corporativa por una industria del entretenimiento atenta a las veleidades consumistas de las nuevas clases medias.

La ambivalencia del mercado se manifestaría en el famoso Festival de Newport de 1960. Allí, estimulados por la cerveza, los teenagers blancos se involucraron en una revuelta espontánea contra el gigantismo corporativo de una organización que no podía garantizar entradas para todos. Una clase de disturbios más propia de las nuevas hordas de rockers que de esos vacacionistas de clase acomodada, el target que los empresarios de Newport buscaban seducir por entonces. Ese mismo verano Charles Mingus y Max Roach, indignados por el trato (y la paga) discriminatorio hacia los músicos afroamericanos, organizaron su Newport Rebel Festival en un predio cercano. A las bandas de ambos se les sumarían las de Ornette Coleman, Randy Weston, Kenny Dorham y veteranos como Coleman Hawkins y Roy Eldrige. Consecuencia de esta suerte de contrafestival fue la formación de la Jazz Artist Guild, brevísima experiencia que intentaba recuperar el control económico, ocupándose de la negociación de conciertos y de los proyectos artísticos.[5]


[1] Las citas pertenecen a S. Frederick Starr. Red & Hot: The Fate of Jazz in the Soviet Union. Oxford University Press, Oxford, 1983, p.18 y a Mike Heffley. Northern Sun, Southern Moon: Europe’s Reinvention of Jazz. Yale University Press, New Haven, 2005, p.286. Todas las traducciones del inglés y del francés nos pertenecen.

[2] Dos muestras de la persistencia del tópico de la descolonización en la década siguiente, fascinada por los movimientos tercermundistas y dominada por las controversias en torno a la guerra de Vietnam. Los provos holandeses celebraron en 1965 varios happenings de protesta en torno a la estatua del general Van Heutz, supuesto pacificador de la Indias Orientales (Indonesia) y, por ende, símbolo insigne del más rancio imperialismo holandés. Un año más tarde, la London School of Economics (LSE) viviría uno de los conflictos más intensos y prolongados de la breve estación del radicalismo estudiantil británico. ¿La razón? El nombramiento inconsulto de Walter Adams como director, un hombre asociado al gobierno racista de Rhodesia (actual Zimbabwe). El conflicto se extendería hasta 1969, con varios arrestos, algunos profesores expulsados, la Escuela cerrada durante un mes y una especie de LSE en exilio durante ese periodo. Sobre el primer acontecimiento cf. Richard Kempton. Provo: Amsterdam’s Anarchist Revolt. Autonomedia, Brooklyn, NY, 2007. Sobre el segundo, David Caute. The Year of the Barricades: A Journey through 1968. Harper and Row, New York, 1988 y Dennis Dworkin: Cultural Marxism in Postwar Britain: History, the New Left, and the Origins of Cultural Studies. Duke University Press, Durham, 1997.

[3] Cf. Ingrid Monson. Freedom Sounds: Civil Rights Call Out to Jazz and Africa. Oxford University Press, New York, 2007, p.6. Su libro tal vez constituya el mejor análisis que existe acerca de la relación del jazz norteamericano con la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos durante los años ‘50 y ‘60.

[4] Emmett Louis Till era un muchachito negro de apenas 14 años que fue asesinado salvajemente en Money, un pueblito algodonero del Mississippi, por atreverse a piropear a una mujer blanca. Aunque todo el mundo sabía quiénes eran los asesinos, nunca se hizo justicia. El caso encendió la mecha de los reclamos de la población negra, fue uno de los eventos que generó el movimiento por los derechos civiles y tuvo amplia publicidad en la prensa internacional.

[5] Sobre el festival de Newport en el ’60 y el Rebel Festival, cf. el excelente Freedom is, freedom ain’t: Jazz and the Making of the Sixties de Scott Saul (Harvard University Press, Cambridge, MASS., 2003).


Continuará

1 comment:

Skoob said...

Gran nota. Bruno Morales.