Monday, June 20, 2011

Freedom Now! El jazz y los derechos civiles


“Una vez toqué en una conferencia de la Asociación Americana de Arquitectos, era para una discusión titulada “Belleza y fealdad”. Me dijeron que yo representaba la fealdad.”
Ornette Coleman

“El compromiso en la música es un lujo. Si realmente te fijas, puedes encontrar en ella una buena cantidad de comentario social mucho más profundo que el carácter provisional de una opinión política.”
“Si te inclinas por la política no te quedas en Nueva York. No siento demasiada admiración por la gente –blanca o negra- que toma posición desde aquí. Las personas que respeto son los jóvenes negros de Mississippi o Alabama, quienes no vacilan en hacerse golpear por la policía para demostrar su punto.”
Cecil Taylor

“Mi música no es un comentario social sobre la discriminación, la pobreza o cosas por el estilo. Hubiera escrito de la misma manera aún cuando no hubiese sido negro.”
“Apoyaré de cualquier modo a mi pueblo reuniéndose y organizándose, pero todos ustedes cometen alguna clase de suicidio, exponiéndose aquí frente a todos esos blancos dementes.”
Thelonius Monk


Con el correr de los años 60 los debates en el seno del movimiento por los derechos civiles tendieron a confluir cada vez más con las preocupaciones características del mundo del jazz. Antes incluso de que ideólogos como Leroi Jones y Frank Kofsky establecieran una relación directa entre free jazz y Black Power, músicos como Max Roach, Abbey Lincoln, Eric Dolphy, Archie Shepp, John Coltrane, Miles Davis, Gil Evans, Art Blackey, Randy Weston, Horace Silver y muchos más participaban de conciertos a beneficio de organizaciones como CORE, SCLC, NAACP y SNCC. Intervenían también en esas nuevas formas de protestas que se conocerían como Sit-ins y formaban parte de los heroicos Freedom Rides.

CORE (Congress of Racial Equality), SCLC (Southern Christian Leadership Conference), SNCC (Student Nonviolent Coordinating Committe) y NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) eran algunas de las principales asociaciones en favor de la defensa por los derechos civiles de los afroamericanos y se financiaban en gran medida gracias a los conciertos a beneficio, de los que participaron también figuras de aquel entonces como Frank Sinatra, Samuel Davis Jr., Nat King Cole, Johnny Mathis y un largo etcétera.


El Sit-in del 1° de febrero de 1960 en Greensboro, Carolina del Norte constituyó el inicio de la radicalización a través de la acción directa (y de la amplificación mediática) del movimiento. Ese día cuatro estudiantes negros acudieron a un lunch counter (especie de comedor típico de los suburbios americanos) y anunciaron su intención de volver cada día hasta que fueran tratados igual que los clientes blancos. El ejemplo cundió y se extendió como reguero de pólvora por todas las ciudades sureñas. Inspiró también una de las obras maestras del jazz modernista y comprometido, el Freedom Now! anteriormente citado. La colaboración en el disco de Oscar Brown Jr. (un conocido singer-songwriter y animador de TV) con Roach es todo un símbolo del pasaje del hipster de los ´50, con su actitud de prescindencia cool de la política, al militante cada vez más extremo de la década siguiente.
Un año más tarde, entre el 14 y el 25 de mayo de 1961, los Freedom Rides en contra de la segregación en el transporte interestatal -de los que participaría el trombonista Roswell Rudd- se encontraron con una represión tan brutal por parte los suprematistas blancos del sur que llevaron la crisis al interior mismo de la administración Kennedy.
No obstante, puesto que la segregación en la industria musical y la falta de oportunidades para los músicos negros no daban indicios de ceder, crecerían como hongos toda clase de iniciativas autónomas. De la mítica October Revolution, una serie de conciertos autogestionados, organizados por el trompetista Bill Dixon y el pianista Cecil Taylor en el Cellar Cafe de New York en 1964, y al que muchos consideran como el acta de nacimiento de la New Thing, se desprendería la Jazz Composers Guild, que incluiría también entre sus miembros a Archie Shepp, Sun Ra, Paul y Carla Bley, John Tchicai, Mike Mantler, Roswell Rudd y Burton Greene. Ligado a estos acontecimientos surgiría el sello de Bernard Stollman ESP Disk, donde grabarían una impresionante cantidad de músicos de free jazz blancos y negros, norteamericanos y europeos. Entre los experimentos independientes de la época figuran también el BARTS (Black Arts Repertory Theater/ School) de Leroi Jones y el Collective Black Artists en Nueva York, Strata en Detroit, y el Black Arts Cultural Center de Pittsburgh. Muchos más duraderos serían otros colectivos independientes como el BAG (Black Artists Group) en St. Louis y, fundamentalmente, debido a la extraordinaria importancia que adquirirían con el tiempo, la AACM (Association for the Advancement of Creative Musicians) en Chicago y la UGMAA (Union of God’s Musicians and Artists Ascension) de Horace Tapscott en Los Angeles.

El nuevo modo de vida americano
Una trama que se volverá más compleja a medida que progrese la década, cuyos fascinantes detalles no podemos resumir en tan acotado espacio. Que (sub)culturalmente va desde las primeras reivindicaciones del hipster a mediados de los ’50 al desarrollo exponencial del nacionalismo cultural negro, musicalmente, del hard bop y el cool al free jazz y la new thing, políticamente, desde el Civil Rights Movement a los Black Panthers y la radicalización de cierta contracultura.
Cometeríamos un gran error si nos empeñáramos en leer semejante época, como hoy está de moda hacerlo, en los términos exclusivos y excluyentes de una política de la identidad racial. Porque detrás de sus múltiples señales contradictorias se desarrolló una drama de alcance mucho más general, el de una americanización que se adueñaría de gran parte del mundo y de cuyos síntomas fueron los propios norteamericanos los primeros en volverse conscientes. Un abigarrado caleidoscopio que tuvo en las frases insignias de los sociólogos contemporáneos -con sus white collars, sus buscadores de status, sus persuasores ocultos, sus hombres organización y sus muchedumbres solitarias- a intérpretes destacados de la ansiedad generalizada de la era de la afluencia.


The Lonely Crowd (1950) de David Riesman, Nathan Glazer y Reuel Denney; White Collar (1951) de C. Wright Mills; The Organization Man (1956) de William H. Whyte; The Hidden Persuaders (1957) y The Status Seekers (1959) de Vance Packard fueron clásicos sociológicos que vendieron millones de copias con el simple expediente de explorar las transformaciones del carácter americano bajo las nuevas condiciones de la sociedad de masas. No exentos de un tono crítico detrás de sus diagnósticos sociales populares y hasta un tanto populistas, tuvieron considerable influencia allende sus propias fronteras. El libro de Riesman dominaría la nueva sociología liberal alemana de Helmut Schelsky y cía. en la década del ’50 e influiría en los debates acerca del jazz y el naciente rock de esos años en el contexto de la pugna entre las dos Alemanias (Cf. Uta Poiger. Jazz, Rock, and Rebels: Cold War Politics and American Culture in a Divided Germany. University of California Press, Berkeley, LA, 2000) Wright Mills sería un influencia (crítica) en la New Left norteamericana. Más importante y pocas veces señalado, todos estos textos determinarían buena parte de la argumentación de El Hombre Unidimensional de Herbert Marcuse (1964), una de las biblias de la contracultura y de las rebeliones estudiantiles a ambos lados del Atlántico.


Que cortejó los impulsos opuestos de una movilidad social en ascenso (aunque restringida a ciertos sectores) y un conformismo consumista que se difundía horizontalmente a través de clases, razas y sexos (la polémica entre quienes celebraban la supuesta autenticidad del ghetto negro y los defensores de los incipientes sectores medios de la comunidad afroamericana demuestra la insuficiencia de las consideraciones meramente raciales). Que atestiguó el abandono gradual pero decidido por parte de los intelectuales de izquierda de su pasado marxista en pos de un liberalismo político teñido con los tonos cargados de la retórica anticomunista y de un modernismo artístico fascinado por la retórica del avant-garde. Una nación que, amén de sus conflictos internos y de sus desgarramientos étnicos, desempeñaba por entonces el papel inédito de gendarme del mundo libre; y bajo el disfraz universalista de la defensa de los valores occidentales, ocultaba la extensión universal de una cultura que tendría, de aquí en más, una inflexión típicamente norteamericana.

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