Saturday, October 08, 2011

Julian Sorel en la Sorbonne

“¿Revolucionarios? Mierda, viejo, los únicos revolucionarios que vi los encontré en una cueva de jazz.”

Stokely Carmichael

“Queremos una música que sea salvaje y efímera”

Slogan en las paredes del Conservatoire de Musique.




Numerosas razones históricas podrían esgrimirse para explicar la popularidad del free jazz en Francia: la conocida reputación parisina a la hora de acoger escritores y músicos afroamericanos, la fiebre por la cultura negra en el período de entreguerras, la glorificación compulsiva de todo lo negro en críticos de jazz como Hughes Panassié. Pero fue un sociólogo suizo, Alfred Willener, quien supo identificar los signos vitales de la politización cultural en los estertores del Mayo del ’68.


En The Action-Image of Society: On Cultural Politicization Willener interpretaba las protestas estudiantiles como una suerte de improvisación colectiva, una efervescencia creativa donde imaginación y acción, cultura y política, se unían en un todo que, en un único movimiento, iba de la impugnación del orden establecido al establecimiento de la sociedad futura. Pero lo hacía en el momento mismo del presente, el aquí y ahora de unas prácticas artísticas que en su propio desplegarse configuraban la utopía venidera. Semejante insistencia en el here and now se llevaba de maravillas con un free jazz cuya “voluntad de evitar su confinamiento dentro de una escuela particular, dentro de patrones rítmicos preestablecidos, de rechazar secuencias armónicas que se han convertido en esquemas rígidos, de apartarse tan completamente como sea posible del modo usual de ejecutar los instrumentos...era la expresión de un deseo de liberación y ya, entre muchos músicos, un modo de afirmar esa libertad...”

Una definición que coincidía en gran medida con la idea de Carles y Comolli acerca del polimorfismo del free jazz: una multiplicación/ yuxtaposición y colisión de materiales, códigos, fuentes y modas, con énfasis en el rechazo de la improvisación temática y de los patrones rítmicos regulares en favor de una improvisación policéntrica y polirrítmica, ligada a una suerte de composición espontánea e inmediata.

De ahí que “la insistencia en el momento presente (que) siempre había sido relativamente importante en el jazz, se convirtiera en un requisito absoluto, una necesidad de sentir el ritmo, un tono, un movimiento en el presente a través de la autonomización de un breve período.”

Willener leía los acontecimientos de Mayo a través del cristal heterodoxo del situacionismo y del Movimiento 22 de marzo liderado por Daniel Cohn Bendit. Según él, Mayo era contemporáneo y complementario a las prácticas vanguardistas del free jazz, el cine de Godard y el Living Theatre. E iluminaba retrospectivamente a vanguardias históricas como el dadaísmo y el surrealismo. No obstante, otros protagonistas se involucraron en diversas ortodoxias de tipo trotskista y maoísta, que asumirían renovada aunque efímera fuerza en la diáspora inmediatamente posterior al fracaso del levantamiento.

Esta idea de free improvisation como “autonomía del momento”, en directa relación con esa “precariedad de la existencia” que caracteriza a lo impredecible de la vida cotidiana, flotaba en el viciado aire europeo de aquel entonces. Se encuentra ligada al concepto de improvisación como composición en tiempo real, tan común en los 60s y 70s. Frederic Rzewski, gracias a sus experiencias en el colectivo Musica Elettronica Viva (MEV), imaginaba la libre improvisación como una nueva forma de comunicación universal y, por consiguiente, como un concepto ético y político que trascendía lo meramente estético. Derek Bailey, defensor de un empirismo radical, la asumía como una práctica que se agotaba en la performance, una celebración del instante que honraba el carácter fugaz y huidizo de la música. Y hasta un compositor como Cornelius Cardew sostenía una ética de la improvisación en tiempo presente “que en su forma concreta se ha ido para siempre desde el momento en que ocurre, ni tiene ninguna existencia previa hasta el momento en que ocurrió...” También aquí “la musicalidad como dimensión de una realidad perfectamente ordinaria.”

Autonomización era por entonces, en esos tiempos álgidos, la palabra de rigor. El free jazz, como el levantamiento estudiantil, desconfiaba de las estructuras a priori. Por eso, en la modalidad del país galo, no se trataba “sólo del problema de la presente opresión de los negros y de la búsqueda de una identidad que los jóvenes negros comparten con muchos otros de diferente origen, sino también de la alternativa –con frecuencia despreciada como utópica en el sentido peyorativo- de la no-opresión futura, de la ausencia de un orden impuesto.” (p. 260) Willener concluía con la esperanza de que las cualidades energéticas del free jazz pudieran sustraerse a su recuperación (otro término situacionista) por los intereses comerciales. La crítica a las instituciones se traducía entonces, en el jazz libre como en el rock experimental, en mecanismos de autogestión.

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