por Paolo Di Stefano
Se cierra la época de la receta manuscrita. Y de este modo los médicos, obligados ahora a enviar sus prescripciones on line directamente al farmacéutico de referencia, perderán un indudable instrumento de su poder taumatúrgico y de su prestigio social: la escritura en código, o mejor dicho el jeroglífico personalizado. Que durante décadas la sociedad de los pacientes ha tolerado como un impuesto a pagar por la presunta genialidad loca del profesional. Al punto de hacerles pensar a los ingenuos que el grado de genialidad diagnóstica y terapéutica del profesional está en directa proporción al nivel de irregularidad gráfica, y viceversa.
Trátese del médico clínico o de una luminaria super-especialista, el jeroglífico era el signo visible de pertenencia a la categoría (¿casta?) que se comunicaba solo con los iguales por medio de códigos internos (¿justamente?) inaccesibles a las mayorías -y no reproducibles a eventuales extraños. A las mayorías, es decir no al farmacéutico, siempre capacitado para descifrarlo todo, como si se tratara de un desenvuelto paleógrafo enfrentado a una pergamino medieval redactado en escritura oncial o semioncial.
Justamente quizás, porque era la rapidez fulmínea (casi artística) del gesto y de su indescifrabilidad. Digamos la verdad: algunos médicos lo sabían, porque de ese modo se jugaba su propio estatus atávico, que también todo paciente salido de un consultorio sin receta en mano es un paciente decepcionado, sin ilusión. Por lo que se puede decir que a veces el grado de incomprensibilidad estaba en proporción directa a la ternura del propio doctor por la Humanidad.
Corriere della Sera, 25 de mayo de 2009.
trad: Sergio Di Nucci
PD: No es un tópico frecuente en Esculpiendo Milagros, pero nos atrajo su escritura y el tono entre sarcástico y melancólico que transmite.
Showing posts with label Viñetas. Show all posts
Showing posts with label Viñetas. Show all posts
Wednesday, July 22, 2009
Sunday, June 22, 2008
Humor ruso
Una cosa sí era mejor en la Unión Soviética bajo el régimen comunista: el humor. En los días apenas pasada la Revolución, los rusos solían reírse con bromas como esta:
Una vieja campesina visita el zoológico de Moscú, y al ver un camello por primera vez en su vida dice: “¡Ay mi Dios, qué le han hecho los bolcheviques a los caballos!”.
A medida que las cosas empeoraban, los chistes –anekdoty- mejoraban. Ben Lewis ha escrito “una historia del comunismo contada a través de chistes comunistas”, bajo el titulo, adecuadamente apenas ridículo, de Hammer & Tickle [algo así como El Martillo & El Cosquilleo, creo]. Muchos de los chistes eran sobre gente que había sido enviada a campos de concentración solo por contar chistes [como muestra para el caso de la República Democrática Alemana ese excelente film del debutante Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros, aunque allí el destino de nuestro penoso bromista es la degradación laboral, no la cárcel]:
Un juez está sentado en algún rincón de la corte, convulsionado por la risa. “¿Que le parece tan gracioso?”, pregunta alguien, un funcionario. “Acabo de escuchar el chiste más gracioso en toda mi vida”. El funcionario le pide que se lo repita. “No puedo. Acabo de sentenciar a alguien a cinco años de prisión por hacer eso”.
Un chiste en relación a las grandes obras de ingeniería es el siguiente:
El margen derecho del Mar Blanco ha sido cavado por los que contaron chistes anti-comunistas.
¿Y el izquierdo?
Por quienes los oyeron.
Los chistes judíos fueron particularmente populares entre judíos. “¿Cómo hace un judío ruso inteligente para hablar con un judío ruso bobo? Por teléfono, desde Nueva York”.
Y hay de otro tipo de chiste que ha derivado de las dificultades en relación a las publicaciones en la URSS, y en particular a ese recurso revolucionario, pero de verdad, llamado samizdat:
Una mujer le lleva a un tipógrado un ejemplar de La Guerra y la Paz. “¿Por qué quiere que copie esto? Si usted sabe que lo puede comprar en los negocios”. “Ya sé –contesta ella-, pero es que quiero que lo lean mis hijos”.
Fragmentos de uno de los comentarios que componen la sección NB del Times Literary Supplement, del 6 de junio de 2008 –traducción, Sergio Di Nucci.
Una vieja campesina visita el zoológico de Moscú, y al ver un camello por primera vez en su vida dice: “¡Ay mi Dios, qué le han hecho los bolcheviques a los caballos!”.
A medida que las cosas empeoraban, los chistes –anekdoty- mejoraban. Ben Lewis ha escrito “una historia del comunismo contada a través de chistes comunistas”, bajo el titulo, adecuadamente apenas ridículo, de Hammer & Tickle [algo así como El Martillo & El Cosquilleo, creo]. Muchos de los chistes eran sobre gente que había sido enviada a campos de concentración solo por contar chistes [como muestra para el caso de la República Democrática Alemana ese excelente film del debutante Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros, aunque allí el destino de nuestro penoso bromista es la degradación laboral, no la cárcel]:
Un juez está sentado en algún rincón de la corte, convulsionado por la risa. “¿Que le parece tan gracioso?”, pregunta alguien, un funcionario. “Acabo de escuchar el chiste más gracioso en toda mi vida”. El funcionario le pide que se lo repita. “No puedo. Acabo de sentenciar a alguien a cinco años de prisión por hacer eso”.
Un chiste en relación a las grandes obras de ingeniería es el siguiente:
El margen derecho del Mar Blanco ha sido cavado por los que contaron chistes anti-comunistas.
¿Y el izquierdo?
Por quienes los oyeron.
Los chistes judíos fueron particularmente populares entre judíos. “¿Cómo hace un judío ruso inteligente para hablar con un judío ruso bobo? Por teléfono, desde Nueva York”.
Y hay de otro tipo de chiste que ha derivado de las dificultades en relación a las publicaciones en la URSS, y en particular a ese recurso revolucionario, pero de verdad, llamado samizdat:
Una mujer le lleva a un tipógrado un ejemplar de La Guerra y la Paz. “¿Por qué quiere que copie esto? Si usted sabe que lo puede comprar en los negocios”. “Ya sé –contesta ella-, pero es que quiero que lo lean mis hijos”.
Fragmentos de uno de los comentarios que componen la sección NB del Times Literary Supplement, del 6 de junio de 2008 –traducción, Sergio Di Nucci.
Subscribe to:
Posts (Atom)