Monday, April 14, 2008

Un ciudadano que no es Kane


Citizen Havel retrata el presente imperfecto del protagonista mientras presupone su pasado indefinido. La cámara persigue los menesteres oficiosos y oficiales de Vaclav Havel, presidente de la Checoslovaquia poscomunista que surgió de la revolución de terciopelo y flamante primer mandatario de la República Checa una vez que ésta se escindió de su hermana eslovaca a comienzos de 1993. Trece años ocuparon los días febriles y maduros de este disidente de antaño, quien asumió su investidura en pos de un futuro para su país que terminó pareciéndose poco y nada al que había soñado.

El film de Pavel Koutecky y Miroslav Janek propone un seguimiento personal de Havel, a sabiendas de que sus avatares siempre han tenido repercusión pública. La cámara se mimetiza con el protagonista y retrata el mundo a través de sus ojos. Unos ojos que identifican a su tocayo, el entonces primer ministro Vaclav Klaus, como el villano de un escenario político que por momentos adquiere ribetes grotescos. “Es un castigo a su orgullo, ellos creían que tenían la llave del bienestar económico”, es el seco comentario del presidente cuando un paseo por el campo revela las secuelas de la recesión de 1997 y el precio que se paga por dejar las cosas libradas a la economía de mercado, la receta que impulsó el propio Klaus. La rivalidad entre ambos hace de lo político una cuestión personal en el memorable episodio que precede al de un Bill Clinton que sube al escenario del mítico club de jazz Reduta para tocar el saxo que Havel le acaba de regalar. Allí Havel se precia de no haberlo invitado. “He sido apenas una décima de lo descortés que Klaus es conmigo, y no lo invité.” En el cuadro siguiente, Klaus, amante confeso del jazz y del poder, sonríe feliz como un niño al lado del presidente norteamericano.

El documental no nos ahorra las vacilaciones del ciudadano que no es Kane. Superpone a un Havel que contempla entristecido a través de la ventana de su despacho el cortejo fúnebre de Olga, su compañera de toda la vida, con otro que es él mismo, que al año vuelve a casarse con la actriz Dagmar Vesknova en una sencilla ceremonia. Pero los momentos más conmovedores son aquellos en los que resuena su pasado de dramaturgo opositor al régimen comunista. Como cuando convierte una reunión oficial en una solicitada para que reabran el legendario café Slavia, cuna de tantos escritores checos. O cuando asiste perplejo a la publicación de sus obras completas en siete tomos. Justo él, que pasó buena parte de su vida haciendo circular sus escritos y los de muchos otros en ediciones samizdat, fotocopias ilegales cuya sola posesión era motivo suficiente para que el régimen lo encarcelara. En ese punto preciso aparece la imagen que condensa todo lo que el documental no muestra pero presupone: un concierto feroz de Plastic People of the Universe. Cuando en 1976 el comunismo decidió procesar a los miembros del grupo por el simple crimen de atreverse a tocar rock’n’roll, Havel convocó a una serie de personalidades para que salieran en su defensa. Ese fue el germen de Charter 77, el nacimiento de una oposición al régimen que terminaría por derrocarlo en 1989.

En su carácter de presidente, Havel, fanático confeso de Frank Zappa y Lou Reed, más tarde se daría el gusto de encontrarse con los Rolling Stones y recomendarle a Ron Wood un buen restaurante. Sin embargo, los checos de su generación saben que la única banda de rock que, sin proponérselo, terminó transformando la historia de un país fue Plastic People: el grupo de hippies que inició el fin del comunismo en Checoslovaquia. Ironías de esa misma historia, el sucesor de Havel en la presidencia fue Vaclav Klaus, quien acaba de obtener una reelección que este encantador documental no logró evitar.

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