Monday, May 03, 2004

Fabio Salas Zúñiga: La primavera del rock chileno

Fabio Salas Zúñiga es un periodista enérgico y entusiasta, que no teme decir las cosas con nombre y apellido. Citamos un párrafo de su nuevo libro, La primavera terrestre: Cartografías del rock chileno y la nueva canción chilena (Editorial Cuarto Propio, Santiago, Chile, 2003), donde se refiere a la alianza entre ciertos periodistas y las multinacionales discográficas: “Tipos que prometieron una movida para cientos de años se quedaron en el hipo estropajoso de una resaca ochentera mal asimilada y mal digerida. Si la verdad de este tiempo no estuvo en las novelas de Auster ni en las películas de Tarantino ni tampoco en los discos de Pearl Jam, mal se podía esperar una réplica de sus clones chilenos. Y además pronto este oficialismo veinteañero se vio superado por el paso del tiempo, evidenciando las vacuas pretensiones de grandeza que en un momento les alentó y el hipócrita y cobarde conformismo que en realidad escondían.
Así pues, ¿ha cambiado en algo el panorama literario con las novelas de Fuguet?, ¿ha mejorado la condición del periodismo chileno tras la aparición de los Valenzuelas y compañía? El sistema los eligió a ellos para reacomodar las cosas y seguir dirigiendo el gusto y el consumo de las masas juveniles y fue precisamente ésa la señal más visible del RCH (rock chileno) de los noventas: cínico, estereotipado y conformista, tal cual la identidad insolidaria y esnob de estos personajes, que nunca quedaron mal con nadie, como alegaba uno de sus más preclaros líderes.”

Cualquier semejanza con nuestro país no es mera coincidencia. Pero, ¿quién se atreve a escribir así en Argentina? Este tono apasionado, por momentos brutal, no es la menor de las virtudes de un libro que merece ser conocido y leído. Tono que se sostiene en, y se argumenta desde, una postura ideológica concreta que el autor deja clara desde la primera página. Chile es un país escindido, desgarrado por la sangrienta dictadura pinochetista. Este marco articula la organización de todo el texto en tres partes: un antes, un durante y un después que sitúan a la nueva canción y al rock chilenos en las transformaciones históricas, políticas, sociales, económicas y culturales del país vecino.
Salas Zúñiga no oculta sus simpatías por Salvador Allende y su Primavera de los mil días, el experimento social del ´70-´73 abortado por la infausta intervención militar de ese otro 11 de Septiembre. Tampoco el eje axiológico que legitima sus elecciones estéticas: el sincretismo entre rock progresivo y música latinoamericana que, a uno y otro lado de la línea divisoria, se suele identificar con bandas como Los Jaivas, Congreso e Inti Illimani.
Su conocimiento de la escena chilena es enciclopédico y su análisis de la relación entre las transiciones musicales y las sociales, especialmente bueno. El fervor de la nueva canción (Violeta Parra, Víctor Jara, Quilapayún, Illapu, Inti-Illimani, etc.) durante el gobierno de la Unidad Popular cede al tono entre resignado y panfletario de los artistas del Canto Nuevo en la dictadura. La confusión del beat alcanza no obstante para legarnos algunas perlas (el tercer disco de los Macs, el único de Los Vidrios Quebrados) que anticipan la explosión posterior de la música progresiva. Esa misma progresiva que sobrevive como puede durante los años oscuros y resurge a finales de los ´80 con el trabajo de un grupo como Fulano. Fabio no ahorra esfuerzos a la hora de describir las opciones restringidas y las limitadas posibilidades de la época, la distancia abismal entre lo que se pretendió y lo que se logró. Ambiciones y concreciones que brillan por su ausencia en el rock chileno de la concertación democrática, de un carácter tan acomodaticio como el del rock argentino después de Malvinas.
Hay que tener valor para denunciar la conciliación obligatoria que el rock latino más visible y difundido, escudado en pueriles actitudes seudo-modernistas y en una retórica cultural que se pretende cool pero es apenas ágrafa y analfabeta, ha firmado con los poderes del status-quo en nuestra “aldea global” contemporánea. Criticar allí a intocables como Los Prisioneros y Los Tres cierra las mismas puertas que poner en duda aquí a Soda Stereo o Fito Páez. Las cosas son iguales a ambos lados de la cordillera. La verdad es una cualidad escasa y antipática.

La polémica abierta que instaura La primavera terrestre ofrece una serie de lecciones para un buen libro sobre nuestra propia escena musical que aún está por hacerse. Las conexiones y desencuentros entre rockeros e intelectuales, o entre quienes abrazaron la música progresiva y quienes defendieron una improbable identidad latinoamericana, inspirada en la revolución cubana y sustentada en las tradiciones folklóricas de la región, también tuvieron su cuarto de hora en nuestro país. Pero no sabemos de ningún texto que explore las relaciones conflictivas entre Almendra o Manal y la modernidad sui generis del Instituto Di Tella, las asociaciones entre la propensión folk de Arco Iris y Contraluz y la voluntad progresiva de Anacrusa y Huerque Mapu. Tampoco las transformaciones sociales y tecnológicas de los proyectos desarrollistas y la expansión global del mercado discográfico han sido ligadas al surgimiento del beat y a los orígenes del rock nacional. Y nada con un mínimo de sentido se ha dicho acerca del estatuto del rock durante el Proceso o en el contexto de nuestra propia transición democrática. Las circunstancias son diferentes pero Chile y Argentina no son universos tan irreconciliables como, por ejemplo, la Checoslovaquia de la invasión soviética y el París del Mayo francés.
Nuestro ofuscado nacionalismo ha impedido hasta ahora comprender que el rock argentino no existió aislado en una burbuja sino que formó parte de tendencias que, de maneras diversas, también se plantearon en países vecinos. Su aparente liderazgo en el mundo de habla hispana se ha demostrado, en la mayoría de los casos, una ficción producto de nuestra pedantería acérrima. Una dialéctica sutil y compleja entre la coyuntura histórica local, regional y global estaría más cerca de la verdad.
No se puede acusar a Fabio de ignorar estos vínculos. Su comprensión de las tradiciones del rock latino es amplia y evita con soltura el panegírico sin privarse de la diatriba cuando la juzga necesaria. Su libro inaugura una discusión que esperamos que otros prosigan. Agreguemos tan sólo que los interesados en obtenerlo pueden escribir a la editorial: cuartopropio@cuartopropio.cl o al propio Fabio: fafio7@hotmail.com

Norberto Cambiasso

1 comment:

Jekyll said...

Ácido? Vaya este chiquito "perdiodista" ha aportado algo a la cultura o arte naciomal?
Me gustaría verlo haciendo algo, escribiendo acerca de algo que no le pique el culo. Algo que le guste, a ver de qué esta hecho.
Me gusta su forma de pensar, pero creo que le llega a 3 ó 4 aciditos que cohabitan con él en este país y capaz que me incluya.
Te dejo una navaja y un detonador, si eres tan capo escríbeme a ver cuál usarías.
TQM